LAS HORAS SOLITARIAS

Las editoras siempre estamos esperando. Que se pueda hacer el rodaje, que nos pasen el material, que las cuotas se liberen. Tener listo el corte de guion para recibir a las directoras o directores en la isla, dando inicio a ese período de dulce convivencia que es lo más lindo de nuestro trabajo.

Esperamos mirar los crudos por primera vez y sentir que estamos conociendo una persona nueva, sanando simbólicamente una distancia que sí o sí nos separa: en la generación, en el tiempo, en la clase social. Algo de eso se redime ahí, solamente escuchándola, olvidándonos de nosotras mismas para aprender cómo habita el mundo otra persona. Es un ejercicio de apertura y empatía. El cine, creo, también lo es.

Todo esto sucede en medio de una ciudad que tiene su ritmo afuera, con el río que corre a cinco cuadras de casa, con tormentas que se arman y desarman en el cielo de la primavera cordobesa. Y yo acá, adentro de una isla, tan calladita y tan sola, me llego a creer que el mundo se puede entender desde un monitor.

Un día, caminando por la calle y sin sospechar, veo una joven en una marcha y resulta que es Franny. O voy a un recital de mi compañero y aparece Loraine. En persona es encantadora, bien diferente al personaje de la película. Porque claro, eso es así siempre, pero en nuestra ingenuidad lo olvidamos.

Por eso tomo un poco de coraje y me acerco, sabiendo que tendré que explicarles quién soy, porque ellas ni sabían que existo. Y estoy tranquila: sé un montón de secretos suyos que no le voy a contar a nadie, porque alguna vez entendí que está muy bien cuidar esa fragilidad de las personas que editamos.

Entonces intercambio algunas palabras y me despido con un abrazo leve, como quien acaricia algo entre amigable y desconocido: una gatita de la casa de alguien a la que no sabemos si vamos a volver, una compañera del secundario que se sentó tantos años a nuestro lado y ahora apenas podemos recordar su nombre.

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Cosas que se rompen para volverse a unir

LOS DESEOS II

Arregla un objeto.
Mientras lo haces
también arreglas algo dentro de ti.

Piensa en una “herida” en tu vida o en el mundo.
Pide que sea curada mientras arreglas el objeto.

Yoko Ono, “A corn”.

*

Termino la jornada en mi isla-hogar, y mientras lavo los platos de la cena observo cómo a una distancia de pocos centímetros, la caída de un vaso puede ser fatal. Esas piezas separadas ahora van a convertirse en otra cosa, un pequeño lugar de paso para los gajos de mis plantas, donde estarán viviendo unas semanas hasta echar raíces.

Yo también me rompo a veces por dentro, y después tengo que volverme a unir. Igual que los pedacitos de películas cortados en líneas de tiempo. Lo extraño es que esas partes no llegan a ser unidades en sí mismas, porque ya dejaron de ser planos para ser otra cosa: cortes. Sí, son cortes.  Y trabajamos con ellos. Incluso se convierten en otra unidad nueva, cuando los usamos para nombrar los avances de la edición: tengo un nuevo corte, falta poco para el corte final.

Me gusta pensar que las películas alguna vez fueron esa montaña de pedazos rotos de algo, y recién ahora entiendo que lo que hacemos en el montaje es andar rompiendo planos, como si fueran papelitos. Cada vez que la cuchilla pasa encima de un clip. Pienso en un vidrio partido, o en un jarrón de cerámica que se estrella contra el piso. Todas esas astillas que quedan ahí, convertidas en polvo, y que no vamos a poder recuperar nunca. Sin ellas, que eran parte del cuerpo original, tampoco vamos a poder llenar los intersticios del jarrón, y al querer reconstruir su forma se verá  lleno de pegamento y grietas marrones.

En las películas, a veces, los cortes directos también sangran. Y está bien que sea así, que hagan visible la herida. ¿O acaso la mayoría de las historias no nacen de un dolor? Lo que pasa es que el cine transforma todo en luz, y nos encandila con eso, el espacio oscuro y sereno, la butaca tan cómoda. Y allá adelante pasan los reflejos de colores, mientras alrededor otra cosa circula, otro tono, otros ecos, de algo como lejano que se va viniendo cada vez más cerca, de afuera hacia adentro, o quizás en sentido contrario.

LA VIDA COMO ES

“Fui y me creí todo,
y eso me hizo feliz”.
Laura Wittner

*

hay películas
que son como una foto en movimiento.
pongamos por caso la historia de una familia:
el film le hace un retrato
en un momento equis de su vida

años después,
alguien lo verá en una sala y opinará:
se nota que es documental, porque todo es muy real

la persona no duda en eso que está pensando
le gusta esa ilusión
de que la vida pueda filmarse tal cual es

ante la tentativa de saber
la directora sólo responde:
hay cosas que se pensaron para la cámara

una delicadeza
y me encanta que no quiera decir
más de lo necesario

porque editar también es cuidar secretos
saber mucho pero reservarse
no para mentirle a nadie
sino para que la magia exista

¿a quién le interesaría el cine
sin la posibilidad de ese encanto?
ese juego de niñes
de decir, está bien, contame lo que quieras
llevame a cualquier lugar
total voy a creerte todo

¿es menos real lo que se hace para la cámara
que aquella imagen
robada desde un rincón?

también se podría pensar esto último
como un gesto depredador,
el hambre por comerse
un pedazo del mundo

entonces quién se atreve a poner en su boca
la palabra verdad
o a decir “eso que está ahí, no es cierto”

quizá el cine sólo necesite
que podamos ceder ante el ensueño

Fontán dijo una vez:
a las películas hay que mirarlas
no hay que compararlas con los prejuicios que uno tiene.

Ámen.

¿DÓNDE YACE TU FUEGO ESCONDIDO?

“Para que un plano merezca la pena, es necesario que ‘algo queme en el plano’. Eso que quema, es la vida y la presencia de las cosas y de los hombres que la habitan”.

Jean-Marie Straub citado por Alain Bergala en su libro “La hipótesis del cine”

Primero que nada: tenemos un oficio, como cualquier otro. El sensei dice que trabajamos con el hacha y la madera. Uno de mis directores, me dijo hace unas semanas mientras se iba de la sala de montaje que lo que estábamos haciendo era como tirar una piedra por un barranco, y que esta piedra se iba a ir puliendo hasta terminar la película.

Durante mucho tiempo me pregunté si las películas tienen una especie de esencia o naturaleza elemental que las hace ser lo que son más allá de todas las miradas y las manos que intervinieron en ella. Las editoras, así como las directoras de fotografía o asistentes de dirección, somos ante todo intérpretes de un deseo. Una DF brasilera me dijo una vez: “somos mediums”. Creo que el guión de una película, o ese primer corte que el director edita para calmar su desconcierto pos rodaje, son para nosotras instrumentos de trabajo sobre los que nos corresponde mirar más allá. El subtexto, lo no dicho, lo que se connota.

Porque la escritura se va transformando en cada uno de los tres nacimientos de la película: el guión, el rodaje y el montaje. Pero si hay algo que permanece uniendo todo eso, es el deseo original que tuvo el director, ese impulso o fuego disparador de lo que vino después, un proceso que puede haber durado años y años y en el que nosotras aparecimos justo sobre el final, con todo el cansancio de ellos a cuestas.

Hace unas semanas, hicimos la proyección en sala de Mochila de Plomo. Cuando salimos de verla, su co-guionista Pipi Papalini me dijo que lo que más le gustaba es que la película era muy honesta. ¿con qué cosa?, le pregunté. Y me respondió: con el espíritu del guión.

Yo no sé si se pueden ver los espíritus de los guiones como si fueran un aura, o si siempre puedo entender el deseo de un director. Pero sí creo que cuando me acerco leer ese deseo, es cuando puedo proponer algo más focalizado, más orgánico, en esos primeros corrimientos del lugar original que el director estaba pensando para montar la película.

El deseo se transforma en un faro orientador, y entonces es más fácil considerar juntos los caminos que se abren a partir de un material en bruto, y decidir cuál vamos a transitar durante el resto del montaje. Nuestro trabajo consistiría en no perder nunca de vista “eso que quema al director”. Quizá ahí esté la clave.

Me parece que cuando el deseo se cuidó y se mantuvo hasta el final, los espectadores lo sentimos. Debe ser por eso que algunas películas parecen contener algo vivo, y nos devuelven la esperanza de que lo verdadero todavía puede existir adentro del cine.

*

Dedicado a mi sensei Ezequiel Salinas, que esta noche me mandó por mensajito la cita con la que se abre el texto, y que siempre me hace volver a pensar en el hacha, la madera… y en dónde ponemos el corazón

 

RESONANCIAS

me ando preguntando
cuándo se termina una película
lo digo en el sentido de finalizar
de decir “es esta”
ya no hay más nada
que mover o quitar
lo que se fue no se extraña
y lo que apareció es hermoso

ahora ya pasó ese momento
en el que lo nuevo era posible
las cosas son lo que son
y por eso hacemos ajustes de a cuadros
apostamos un número
son tres, son siete, son trece

tenemos que cuidar el tiempo
no tocar demasiado
porque a esa altura
algo podría desacomodarse
de manera irreversible

ya lo dijo el señor murch
y hasta encontró una manera
de nombrar a ese fenómeno
lo llamó
resonancia vibratoria
lo de aquí tiene un eco allá

mi papá diría que el cuerpo
también es así
que quizá algo que no está bien
en un pie nos provoca
un gran dolor de cabeza
y él lo dice porque es médico
y yo no
pero alguien me habló de las curitas
y de las películas
y a mi me gusta mucho eso
de hacer como si curara algo

tanto que a veces hasta me lo creo
pero en el fondo y siendo honesta
sé desde el día uno
que no es cierto
y que si hay algo bueno que encontramos
es porque antes hubo
un guión escrito en el tiempo
una buena elección de actores
y se los acompañó bien
se los cuidó
no fueron monigotes de un gran dios

y había alguien allí llamado director
que necesitaba decir algo
porque el cine no es un pasatiempo
de niños ricos que tienen el dinero
y el encanto para convencer a otros

el cine es un lenguaje más
una serie de palabras puestas en juego
que a veces hasta son urgentes
y por eso hay películas buenas
y películas malas
porque algunos naufragan en la pregunta
hacen uso de palabras sofisticadas
para decir no saben qué

entonces las adornan mucho
les ponen brillitos
colores vivos e inolvidables
para que los espectadores salgan
de la sala y comenten cosas
que es muy bueno el arte
o la foto está hermosa
y al final todo eso no vale nada
si es sólo lindo y correcto

porque a quién le sirve
le mueve algo adentro
o le cambia sus pensamientos
del día siguiente

a quién si sólo ve una niña bonita
a la que le taparon la boca
porque tenían miedo
de escuchar su voz