Solo tenemos nuestro cuerpo

Escribo sin regularidad. Sobre la hoja de papel color hueso y con poca luz, apenas distingo si la tinta es azul o negra. Mis dedos rozan el cuaderno material y siento cuáles son los puntos de apoyo sobre los que concentro mi fuerza al sostenerlo.

Estoy llena de preguntas. Hacia mí misma y hacia el futuro. Pero no el de acá a varios años: el de ahora. Me voy a mudar con la isla. A esta casa llegamos las dos rotas; cuatro años después, nos iremos con la frente en alto. 

Mi isla, que siempre había tenido pisos calcáreos y ventanas hacia el este, ahora va a mirar hacia el sur y se va a apoyar sobre madera.  Me pregunto qué será lo primero que voy a editar ahí. Cuánto funcionará como sala de montaje y cuánto como aula virtual. ¿Me puedo olvidar de lo que era editar? Porque no es solo una acción mecánica. Es una sensación que recorre el cuerpo. Se mete por los ojos y las manos, como una adrenalina dulce. Circula por la sangre, haciéndola neutra y fluida debajo de la piel. Una de mis manos sostiene el mouse, mientras los dedos se estiran como una araña sobre la parte izquierda del teclado, hasta llegar a presionar el shortcut. Yo solo miro el monitor y la flechita que se mueve, comandada por la otra mano que le dice adonde. Se construye una danza de manos sobre mi mesa de montaje, que pronto será un bello escritorio de algarrobo y tendrá dos cajoncitos. 

¿Cómo va a ser la sensación de mi sangre corriendo de nuevo cuando vuelva a editar? ¿a cuántos beats por segundo me latirá el corazón? No sé si al mismo ritmo que lo hace cuando siento el olor de la primera lluvia o en cambio será cansino y triste, como al imaginarme contemplando los incendios del monte, ese espectáculo siniestro de fuego, huidas y muerte. No sé, porque mi cuerpo sigue acá, con varias semanas de moverse apenas. El después de un virus inespecífico, un hormigueo recurrente en las piernas. Algunas noches sin dormir, otras con un palo en la cabeza. Y momentos en los que escuchaba una silla desvencijada, justo dentro de mi oído.  

Todavía seguimos entre las mismas paredes, mi isla y yo.  En unos días voy a desarmarla y trasladarla con suavidad, como a un caracolito. Y va a ser tibia la temperatura de nuestros cuerpos, el suyo y el mío; porque le pedí a todas nuestras diosas que por favor no levanten fiebre.

La mujer en la isla. Fotografía de Nadir Medina

Hay algo real que sucede

Y una cierta ritualidad que permanece. El pequeño vértigo de la primera clase, de no saber quiénes ni cómo serán las personas que estoy por conocer y acompañar. Atenuar luces, ordenar el espacio. Chequear que funcione el share screen, que se escuche bien. Esperar con todo listo a que vayan llegando. Antes era así también. Ser docente implica una soledad inicial y final, un silencio. La isla es el aula ahora, pero está un poco más desarmada y no se ve: es el contraplano de mi rostro. Me dejo agua cerca, un abrigo, los lentes. Las cosas que quiero mostrar “en cámara”, a ver si esa materialidad nos devuelve la sensación de realidad. 

Me voy a convertir en una docente de monitor, en una voz entrecortada saliendo de parlantitos, con la cara un poco pixelada. Dar clases virtuales resuelve algunos problemas y genera otros nuevos. Entre lo bueno, está la disolución de fronteras. Gente de aquí y de allá. Una movilidad inesperada, de personas que son de un país pero viven en otro, o son de acá pero están lejos. Hay mucha gente de provincias y hasta de pueblos, y pienso eso como una vertiente de espacios que confluyen, nutriéndonos. Nos presentamos y uno de ellos dice, desde Bolivia: “cuando editamos, el material se resiste a nuestras ideas”. Otro señala que la escritura es circular. Vamos del guion al montaje, de allí regresamos al guion, y así siempre. Le digo que me voy a quedar con esa idea. Finalmente, un taller es ese intercambio.

Lucrecia Martel dice que el trabajo es algo que tiene que tener sentido. No hay películas editándose en mi isla por este tiempo, solo finales rezagados y pequeñas piezas, que salieron del suspenso de la cuarentena, el paréntesis que no se sabe cuándo cierra. Me pregunto qué sería de mí si no estuviera dando clases ahora. Tuve que dar forma a todo esto para entender la neutralidad insoportable en la que me encontraba. Sin editar. Sin objetivos a corto plazo. Sin placer y sin disgustos, como dice Stoner. Me sorprendo de cuantes alumnes relatan haber leído cosas que escribí. Me imagino que un día leerán esto. Que tendrán que unir esa cara de píxeles que vieron hablando desde el monitor, a la persona física detrás de estas palabras.

Una alumma relata una experiencia de quiebre: trabajó con una directora que tuvo un rapto de ego. No es la primera vez que escucho historias así. A veces, la inseguridad de alguien que dirige por primera vez se convierte en una forma de maltrato. Contra esas cosas hay que luchar y aprender a pararse firmes. Nuestro rol es demasiado generoso como para permitir cosas injustas. Aprovecho y les hablo del deseo. Les digo que no pertenece solo a la persona que dirige, que también hay un deseo nuestro al editar. Y a veces es más difícil aprender a cuidar ese último. 

Pienso que los meses venideros ya no voy a estar tan sola, porque ahora no tengo directorxs ni personajes en el monitor. Pero todas las semanas voy a encontrarme con estas personas hermosas. “El montaje es ese espacio secreto al que los roles de rodaje nunca podemos acceder”, dice otra alumna desde Italia, con su reloj marcando cinco horas más que el mío. Un espacio secreto; otra posible definición del montaje. Oficio misterioso, si los hay. 

Es invierno en esta parte del mundo

Hoy estaría en esa ciudad hermosa y helada que se llama Montevideo, pero resulta que estoy acá, en mi isla de siempre, mirando a les docentes de un seminario en el mismo monitor que miro mis películas. Nos da clase Yaël desde París, pero somos más de doscientas personas escuchándola, desperdigadas por el mundo. Una directora ecuatoriana pregunta, con visible preocupación, cómo se hace para dar con una editora, o cuál se supone que sería la manera de elegir a quien va a acompañarla en su proceso creativo. Me imagino lo difícil de entregar algo tan íntimo y sagrado (el material, encima documental) a una desconocida. Yaël le responde: conocé a la persona y fijate si te escucha.

Hace poco leí una entrevista a una montajista argentina, decía algo maravilloso: que el montaje es una relación profunda entre quien dirige y quien edita, pero sobre todo es la capacidad de hacer silencio para escuchar al material. Porque el único que tiene que hablar es él; lo demás, es ruido.

Y en este tiempo de silencio obligado, ausencias y espacios vacíos, aparece una pregunta que ya no es sobre el futuro del montaje, sino sobre el presente: ¿se puede editar a distancia? Si no te veo, si no siento el campo magnético que tu cuerpo genera alrededor. Si no escucho el tono y el volumen de tu voz, como sonaría en el aire de esta isla, ¿estás ahí realmente? ¿te podré entender, de la misma manera que si nos miráramos a los ojos? ¿qué va a pasar si no?

Me da miedo lo volátil de las palabras pronunciadas en modo virtual; las que decimos en persona también desaparecen, pero quedan impresas de otra forma en la memoria. Porque son parte de un espacio-tiempo que el cuerpo habitó. Y eso las hace distintas.

Estar cerca o estar lejos. Sentirse cerca o lejos. Aquí, allá, en otro lugar.

En el fondo de la tierra

Unos años atrás, estábamos con Nadir hablando sobre los personajes de Instrucciones para flotar un muerto. Alguna vez él terminaría diciendo que nuestro trabajo de montaje había sido más charlar que editar. Recuerdo una jornada que se acercaba a su fin, debíamos estar cerca de hacer los primeros visionados. En Instrucciones hay dos personajes: Jesi y Pablo. El de ella se fue imponiendo a medida que la película crecía, porque el magnetismo de la actriz, Jazmín Stuart, inundaba el aire y daban ganas de mirarla siempre. En una de aquellas conversaciones, yo intentaba develar la relación de Jesi con el personaje muerto de la película: cómo había sido, que había pasado entre elles. A veces la información no existe en el relato como tal, pero está insinuada en lo que la historia nos muestra. Y donde realmente existe es en una capa bastante profunda. Para llegar hasta ahí hay que ponerse a rascar y sacar una capa, después otra, otra y otra más. Y si tenemos suerte, puede llegar a revelarse algo.

Hablábamos sin parar, yo le comentaba a Nadir todo lo que me había pasado con el personaje de Jesi desde mi lectura del guion hasta ese día. Y me aventuré: le dije lo que había creído ver en esa capa de abajo. La respuesta de él, que era el guionista además del director, podría haber sido negativa. Podría haberse quedado en silencio y que yo nunca supiera si mi lectura de aquel pasado de la vida de Jesi era: 1) totalmente errónea, 2) posible, 3) cierta. Pero contra todos mis pronósticos, se quedó helado. Me dijo que sí, que eso había sido así y que solamente se lo había contado a una o dos personas antes. Y ahí estábamos, hablando de eso, como si fuera un secreto de la vida real. Nos quedamos pensatives. Yo estaba orgullosa, era como haberme jugado una carta y ganar. Pero en verdad, era mucho más que eso: haber podido leer, con cierta precisión, la naturaleza profunda de mi personaje. Eso que vi no puedo contarlo. Pertenece a la serie de secretos que nos llevamos de cada película en la que trabajamos. Pero tampoco era importante para el relato: sólo lo era para nosotres, para entender a Jesi, su dolor y su deseo. Una cosa así se convierte en materia de trabajo otra vez, se inyecta en el espíritu de la película para que quede flotando en alguna parte.

¿Se puede llegar a ese mismo pensamiento mirando el film terminado? Posiblemente sí. Quizá entre la gente que se quedó charlando después de verla, barajaron esa misma idea (qué lindo sería poder estar ahí, como una espía, escuchando las conversaciones que tienen). Lo que me pregunto es: eso que no está escrito ni filmado, ¿existe? Cuando apenas es posible afirmar que los personajes tienen entidad, gracias a su participación en la historia, ¿qué es esto otro, su aura secreta? Me inquieta este pensamiento, entender dónde quedan aquellas cosas que nadie hizo ni dijo. Quizá estén en la misma categoría de una escena eliminada, aunque en ese caso alguien fue testigo (hay personas que estuvieron cuando se filmó), y puede comprobarse con los archivos del disco rígido. Otra vez, la materialidad que confirma la existencia de algo. Pero esto otro es más difuso, una idea que apenas se manifiesta con cierta claridad como para que yo, la editora que pasó varias semanas frente al material, pueda intuirlo. Me encantaría que cada película en la que trabajamos tuviera dentro un enigma así, y nuestra única misión al sentarnos frente a un timeline fuera conectarnos tanto pero tanto con las motivaciones del personaje, que pudiéramos llegar a entender todo lo que nunca vimos.

Los sacrificios

I

yo entrego mi corazón
elles entregan su confianza

si puedo editar algo
es porque antes ese plano existió
trabajamos con materia
más que con ideas

extraño las visitas
de mis directeres en la isla
pierdo
sin sus presencias

encuentro violencia en un plano
y aprieto los ojos
la retina
tiene capas sensibles

II

preguntarse si es posible
ser complementaries

la cuestión es
poder vislumbrar algo
y la lotería
es entenderse

si trabajara bien
con alguien
¿debería cuidarle para siempre?

quizás lo que dure
ese puente que tendimos
quiero decir
lo que dure
sostenido de ambos lados

III

el límite de la película:
imaginar que esa línea
puede moverse

despegarla como un abrojo finito
y volver a pegarla
varios metros más allá

el corrimiento, que le dicen

pero
yo
sigo acá

siempre de este lado
de las cosas

a veces editar
es sacar agua de las piedras

¿quién va a ocuparse de mí
sino yo misma?

Editar es un jueguito

Yo juego
tú juegas
nosotros jugamos
al cine.
Jean-Luc Godard

corto y pego figuritas
armo collages
superpongo unas cosas
sobre otras

existen cartas buenas y cartas malas
pienso cuándo jugarme la mejor
aunque hay días
en que toca barajar y dar de nuevo

se gana se pierde
se tiene un golpe de suerte

dejo pedacitos de cosas
en el timeline
un plano recortado,
un sonido directo, una escena
los pinto de colores

y cuando vuelvo a buscarlos
me siento en un memo test
¿estos fragmentos azules
eran el ananá o eran el avión?

son como fichas boca abajo
el objetivo es recordar
dónde estaba cada figura

otras veces juego
al montaje magnético:
dejar que cada plano sea un imán
observar cómo se atrae o se repele
con el de antes y después

podría decirse que
lo que se parece entre sí
funciona mejor estando lejos

hay días comodín
otros de abrir más juegos

rompecabezas:
serie de piezas que se unen
hasta formar una sola figura

la tensión entre las partes
y el conjunto

aquella búsqueda esperanzada
del lugar justo para cada pieza

hago malabares

una montajista argentina
cuenta que de niña
escribía cosas nuevas
en los globitos de las historietas

sin saberlo se anticipaba
a lo que después haría con los diálogos

a veces
reubicar una escena
es una excelente jugada:
soluciona
varios problemas a la vez

al final
cada película
¿creará sus propias reglas del juego?

a mí no me molestaría aprenderlas
porque es tan lindo mover
fichitas
acertar y tener
un montón de victorias secretas


Jugar:

1. Hacer algo con alegría con el fin de entretenerse, divertirse o desarrollar determinadas capacidades.
2. Dicho de un jugador: llevar a cabo un acto propio del juego cada vez que le toca intervenir en él.
3. Dicho de una cosa: hacer juego (convenir o corresponderse con otra).
4. Desempeñar una función o un papel.
5. Hacer uso de las cartas, fichas o piezas que se emplean en ciertos juegos.
6. Arriesgar, aventurar. 

La consistencia de la soledad

Los procesos de montaje son, inicialmente, una larga charla conmigo misma respecto a lo que pienso acerca de esas imágenes y esos personajes. Primero me digo cosas, escucho esa voz. Nunca muestro un corte a un director o directora cuando aún no logré responderme las preguntas centrales. Un armado es también una manera de decir, de proponer cuál sería la mejor manera de contar con ese material. Esas conversaciones internas casi siempre las voy escribiendo en el papel de mis cuadernos (cada película tiene uno) y entonces puedo registrar mis pensamientos y sensaciones en cada etapa, algo que es dinámico y se va transformando. Así se configura un bello diálogo, que es de lo más sagrado que tiene este trabajo. Una conversación secreta en donde solo yo escucho y, al mismo tiempo, soy quien hace las preguntas. Las respuestas posibles las ensayo sobre la línea de tiempo: acortar algo, sacar una parte de los textos, regular el tono. Pensar cómo tiene que hablar un personaje. ¿Diría eso, lo haría de ese modo? Con los años, me di cuenta de que una de las cosas que más disfruto de editar es trabajar sobre los diálogos.

Ayer no tuve un día fácil. Había entrado en el vértigo de la comunicación simultánea, los mil mensajes para responder, las personas que van apareciendo en globitos de chats y preguntan cosas mandan cosas piden cosas. Los mails en letra negrita, acumulados en la bandeja de entrada. En un foro que probé, sus creadores no dejan responder al instante. Si alguien quiere hacerlo, le recomiendan esperar dieciocho segundos antes de escribir. Suena lógico, considerando este vértigo en el que vivimos y que con la cuarentena permanece igual, sin alteraciones en estos dispositivos mediadores de la palabra. Me pregunto si habrá algún estudio que justifique el motivo de los dieciocho segundos. No me imagino qué cosas atravesarán nuestro cerebro en ese pequeño lapso de tiempo.

En medio de ese caos y la lista de tareas pendientes, respondí un mail que había recibido la semana anterior. Y hoy me vino una duda: si quizás, en medio de ese tumulto, no había sido lo suficientemente cuidadosa con la directora. Entonces lo leí de nuevo. Ese recorrido sobre mis propias palabras es algo que hago con cierta frecuencia. Otro contexto y estado de ánimo, me hacen dar cuenta de cómo es realmente lo que escribí. Cuando terminé, me arrepentí de no haber esperado hasta hoy para mandarlo. Me traté de poco amable mientras preparaba la cena. Fue casi en lo único que pensé. La idea me inquietaba (me cuesta perdonarme un mal modo) y unos minutos después leí nuevamente el mail.  Lo que pensé en esa nueva relectura es que finalmente estaba bien, que había sido una dureza necesaria. No sé de qué estará hecho ese filtro que nos hace sentir las palabras con un tono o con otro, aunque sean siempre las mismas. Eso también es una pregunta recurrente.

Hace poco tuve que aprender cuál era el significado exacto de la palabra retórica. La había escuchado mil veces, pero para mi quería decir algo relacionado al artificio. Me imaginaba una persona talentosa en ese arte, usando las palabras de modo persuasivo o manipulador con el fin de lograr algo en su beneficio.  Como una serpiente que se envuelve sobre sí misma, un pequeño abuso de poder sobre la persona que escucha. Ahora, en cambio, pienso que es una palabra hermosa y que me hace desear un lenguaje más límpido, claro y preciso. No sólo para mí, sino para todes.

Cuando pienso en mi manera de hablar o escribir, siento que está llena de pequeñas recopilaciones de las cosas que me gustan. Primero que nada, de quienes han sido mis referentes. Pero también de las personas que tuve cerca, como parte constitutiva en alguna etapa de mi vida. Sus expresiones se quedaron conmigo, aunque ya no estén. A veces, me encuentro diciendo algo y puedo identificar de dónde viene. Me gusta ese pequeño hallazgo de la memoria. O escuchar a alguien hablando con palabras que me son familiares y preguntarme si es de ahí que lo fui tomando. Las palabras que elegimos usar y la manera en que las hacemos relacionarse entre sí. Un montaje, pero hecho de letras.  Finalmente, la retórica, es una mezcla de todas estas cosas sumadas a cierto estilo o belleza.

Editar es una tarea que comienza con largos diálogos internos acerca de las cosas que miro. Una charla conmigo misma donde me hago preguntas y trato de responderlas. No se parece en nada al otro diálogo interior, ese que nos aturde en el cotidiano, la voz que escuchamos durante nuestra vigilia diurna, suponiendo, valorando, juzgando. Esta es una voz entusiasta, que intenta relacionar cosas, acercarse a primeras definiciones. Por eso nuestro primer contacto con el material, siempre es personal e íntimo. Hay un encuentro de igual a igual. Como si nos quedáramos solas en un lugar con alguien que no conocemos y le hiciéramos preguntas sobre su vida. Y así, con algunos silencios incómodos de por medio, pudiéramos deshacer de a poco las capas que le rodean; ese enigma que se va develando. El círculo de sentido, que no siempre se cierra.

Cuarentena en la isla

No existe tal cosa como el llamado «mundo». Las personas solo pueden ver sus propias vidas y observar desde el punto de vista de sus propias experiencias. De modo que nuestras impresiones de la vida, son solo de nuestra propia vida y nuestras impresiones del mundo, son solo del entorno en el que vivimos.
Jia Zhangke, Senses of Cinema

I
Editar es siempre una tensión entre el adentro y el afuera. El primero es ese espacio tiempo un poco cavernoso y suspendido, donde necesitamos oscuridad, silencio y un dominio de las reglas del juego. El afuera, en cambio, es aquello que imaginamos como el mundo real, en donde las personas se mueven, se encuentran y llevan adelante sus vidas, unas en relación con otras. Y que hoy anhelamos más que nunca, porque no podemos elegir estar en él (somos libres cuando elegimos).

Quienes editamos hacemos del aislamiento un estilo de vida, ya que esas son las condiciones que se requieren para llevar adelante nuestra tarea. La finalidad de todo esto es que pueda suceder aquel deseado encuentro entre nosotres y el material. Pero, ¿qué es el material? Los planos, constituidos por imágenes y sonidos, que no son otra cosa que un recorte del mundo. Los planos contienen personas, ya sean reales o posibles. Y el transcurrir de una parte de sus vidas, que nos acerca a la comprensión del otre; lo que vive, lo que es, su forma de habitar un territorio y una cultura.

II
Trabajo de nuevo con el director de Buenos Aires que edita sus propios materiales. Es un gran montajista, lleno de intuición, libertad y desapego por las formas habituales. Antes de decirle lo que pienso, le dejo hablar sobre su propio corte y la estructura que ensayó antes de consultarme. Me dice que él ve «dos círculos oníricos que se dan sentido el uno al otro». Entonces me imagino dos burbujas de aire llenas de neblina, con partículas suspendidas en blanco y negro. El tiempo allí dentro, sin dudas, avanza más despacio.

En mi relación con lo que veo y escucho, puedo decir algunas cosas: hay un lugar que ya no existe. O mejor dicho, ya no es lo que era. Un alambrado separa a nuestro personaje de un escenario, donde recuerda haber sido feliz. La música ya no puede escucharse. Una vaca hermosa nos mira en primer plano, con ojos de un negro profundo. ¿Será lo mismo vivir en la tierra que venir del agua?

El otro personaje tiene los ojos achinados y casi siempre lleva una boina caída hacia el costado.  Vemos sus manos en plena faena, los órganos del animal son blandos y deben ser despegados de la carne. Hay vísceras, pero no se ve nada de sangre; la cámara la dejó fuera de campo. Cada tanto aparece el fuego y algo se transmuta de un estado a otro. O de un tiempo a otro.

Ahora debo dominar este material con cierto ingenio, formular estrategias para mantenerlo separado y decidir dónde va cada cosa. Prefiero armar de más (con criterios más delimitados), para después volver a desarmar. Pongo las cartas sobre la mesa y las miro de frente. Todavía no es el tiempo del azar. Me encuentro en el ojo de la tormenta. Paciencia.

Elaboro algunas hipótesis. Puedo suponer cierto principio que nos permita organizar las partes del conjunto. Disponer las cartas en otro orden y ver qué pasa. Una vez. Otra. Ensayo y error.  Es el momento de  insistir, aunque nos abrume ese porvenir totalmente difuso. Saber que solo hace falta tiempo e ideas en reposo. Y diálogo entre mi mirada y la del director, claro. De allí irán surgiendo las pequeñas certezas.

Después sigo cosiendo, con una aguja fina y puntadas invisibles. Mi mano derecha es ahora más libre, se desplaza por una superficie suave y fluida de color gris claro. Hay algo más acuático en esta herramienta que no es el mouse, siento que dibujo cosas con los dedos, aunque en el monitor siga viendo los paneles y flechitas de siempre.

III
Editar, en este tiempo triste y sin rumbo, me hace volver al eje. Atravesar las horas desde el confín, pero con un señuelo: voy de esta zona a esta otra. El movimiento es pequeño, pero visible. “Hay que ir día a día”, decía el senséi.

 

Las presencias

A las tres de la tarde, Juanjo tocó el timbre de casa y subió las escaleras con un sobre en la mano. Prendí el aire para alivianar el calor y puse una silla al lado de la mía. Seleccionamos sus imágenes preferidas de los rollos súper 8, las pusimos en orden. Estabamos armando la primera versión del teaser de Las ausencias. Conversamos sobre los modos de hacer, nuestro recorrido juntes, las formas en que pensamos el cine y tanto tienen que ver con nuestro cineclubismo quimero. Tuvimos pequeñas discusiones sobre puntos de vista en los que no coincidíamos. Bajamos la guardia y terminamos entendiéndonos. Las películas, a veces, están hechas de un buen diálogo que nos hace ceder. “Vas a cumplirme el sueño de editar material fílmico”, le dije finalmente.

La tarde llegó y ya teníamos cuatro minutos de súper 8 en silencio. Abrí las ventanas y, con esa luz tenue, Juanjo viajó otra vez a sus recuerdos. Estos últimos años lo hace seguido y yo, que tuve la suerte de conocer su pueblo natal, le hago chistes sobre qué pasaría si regresara a vivir a la casa materna, que ahora es suya. El problema es que allá falta la gente que lo quiere y la soledad puede ser más dura que cualquier cosa. Tampoco hay cineclubes; por eso imagino inviable la vida de un cinéfilo en San Gregorio. Él me cuenta de su hermano viejo y hosco que por las tardes toma mates en el portal de la casa de al lado. ¿La gente cambia alguna vez? ¿es por la edad, por la conciencia del paso del tiempo? O lo único capaz de cambiarnos será que alguien nos quiera de verdad. Las preguntas quedan flotando en el aire. Y las imágenes súper 8 en el monitor.

Entonces me cuenta una anécdota vívida. Es una mañana de invierno en el tambo, a sus diez o doce años: una vaca tiene las tetas lastimadas por el frío, el padre la está ordeñando y la vaca, dolorida, da una patada y vuelca el balde con veinte litros de leche. El padre estalla de furia, le empieza a pegar al animal. La madre pide por favor que pare y como respuesta, recibe otro golpe. Lo que viene después, es silencio absoluto. El padre desaparece todo el día, Juanjo y su hermano faltan al colegio, por la siesta no se prende la novela radial. Llega la tarde y el padre aparece en la lejanía. Está acodado en una tranquera, dice Juanjo usando palabras de allá. Él y su hermano ven la silueta de la madre saliendo de la casa. Lleva un mate en la mano. El padre lo acepta y lo toma. No hablan nada, no se dice nada. Es la época de los silencios.

Le pregunto a Juanjo si esto lo va a contar en Las ausencias, me responde que sí. Por un segundo me pongo retrospectiva: hace unos ocho años, cuando estaba editando mi primer largometraje, él fue uno de los primeros en ver El grillo. Recuerdo que salimos al patio y nos sentamos. Debía estar llegando el verano, porque todo era de un verde frondoso y húmedo. Juanjo tenía media sonrisa dibujada en el rostro. Me dijo: “siga, que así está bien”.

Se está haciendo de noche y tenemos que ir al estreno de Los pasos. Me cambio de ropa, me perfumo, cierro los postigones de la casa. Salimos apurados y buscamos a mi compañero. Ya estamos esperando un taxi en la esquina. En eso, un auto nos toca bocina: son la mamá y el hermano de Anita, que casualmente vienen desde Alta Córdoba y se dirigen al mismo lugar. Subimos al auto y charlamos con alegría por ese encuentro inesperado, mientras cruzamos por la arteria principal del centro cordobés.

Entramos al Cineclub Municipal, esa casa del cine que últimamente es como una extensión de la mía. Juanjo presenta la función y Renzo dice unas palabras que se refieren a ese aforismo de Bresson sobre el sonido de la locomotora y la estación de tren. La última vez que editamos juntes fue hace al menos dos años. Es difícil expresar el tiempo que pasa entre el deseo de hacer una película y esta noche en la que finalmente el círculo de sentido va a cerrarse. Yo creo que a las películas las hacemos para compartirlas. Porque el cine no solo es una creación colectiva: también es ese espacio de encuentro con el otre. Terminar una y no llegar a su público, puede ser tan triste como ver un film en soledad y no tener a nadie para comentarlo.

La sala está llena. Nos sentamos adelante. La película comienza y con ella esa manera particular de atravesar el tiempo. Los pasos es formalmente precisa y narrativamente austera. A veces la quietud es densa, como una sustancia, y los personajes no tienen  posibilidades de moverse. Una cosa que me encanta es cómo pone en escena el trabajo doméstico: lavar los platos, cocinar, regar una planta, ordenar. La película lo muestra en lugar de elipsarlo, lo hace visible y le da cuerpo. Y además, la cámara intenta estar a la misma altura de las manos que hacen todo. Ese es otro de los grandes poderes del cine: ponernos frente a aquellas cosas que nos olvidamos que se hacen todos los días. Incluso, las que alguien hace por nosotres.

Esta mañana, un espectador a quien aprecio mucho me dijo que se había aburrido en un devenir insustancial y que la película era para él un río de nadas. Le respondí lo que pienso: que hay otras formas de habitar el tiempo y los vínculos. Un pequeño pueblo no es lo mismo que una ciudad, una casa silenciosa y medio vacía no es igual que otra llena de gente. No es lo mismo haber aprendido a transmitir afecto con el cuerpo que haber aprendido la distancia. El ritmo de una decisión por tomar es distinto al de una ya tomada. Le dije que las películas a veces nos piden un esfuerzo como espectadorxs, o nos proponen un corrimiento del lugar desde el cual estamos acostumbradxs a mirar. Para mí Los pasos está comprometida con su propio lenguaje. Y también expresa una forma de estar en el mundo: Renzo se crió en un pueblo entrerriano de tres mil habitantes, con su mamá y su abuela. Se me viene Fontán diciendo que el cine personal no es aquél que habla de mí sino desde mí.

Me gusta haber vivido ese día como un inicio y un final a la vez. Con los films de dos personas a las que quiero tanto y son compañeros de camino. Pienso en eso que hoy me resulta excluyente para decidir dónde vivir: el lugar donde se encuentran nuestras películas y nuestros afectos. Donde están las presencias.

En el camino

Es delicado esto del amor por lo que hacemos. Necesita de mucho cuidado. Durante el último mes cerré cuatro películas, todas eran hermosas y me encantaban, pero tantos deadlines consecutivos me dejaron una sensación extraña, como de peligro. O de andar bordeando un camino finito, que a un costado no tiene nada y por eso se llama abismo. Me dio miedo perder el entusiasmo, convertirme en una editora que solo trabaja para vivir. Y sentirme vacía, como si no tuviera más nada para dar a las películas futuras.

Hace tres días cerramos la última, para lo cual el director y la productora vinieron desde Mendoza. Me halaga bastante cuando alguien de otro lugar elige trabajar conmigo, porque teniendo otras opciones viajan unos cuantos kilómetros para llegar a mi isla. A veces después siguen camino y aprovechan para visitar las sierras, sobre todo ahora que los ríos de verano traen mucha agua y los árboles se ponen de un verde que parece mentira, con lo seco que era antes.

Pero pensaba en esto de los viajes, de que venir a editar sea como un paseo. Cuando empecé con los montajes a distancia me di cuenta de que iba a tener que transitar un duelo: la ausencia de lxs directorxs que ya no iban a venir a sentarse conmigo, salteando mi momento preferido de nuestra convivencia. Las conversaciones sobre la película pasaron de ser una charla con mates y criollitos a una serie de skypes, notas en cuadernos, drives y audios de whatsapp. Una vez hasta tuve que amigarme con el inglés, porque la directora era polaca y terminamos chateando en ese segundo idioma de las dos, casi como si fuésemos amigas. La edición terminó y con ella nuestros mensajes, algunos salidos del traductor virtual.

Es cierto que este tiempo trabajé con muchas directoras mujeres y me di cuenta de que lo que sucede en nuestro vínculo es singular. Algo de la claridad del feminismo, que nos hace reconocer a una misma vez ciertas injusticias que nos rodean en la cotidianidad de estos oficios. Siempre, la doble validación. Y a veces tener que extender el brazo con la palma abierta y decir: acá no. Me gustan las conversaciones sobre pedacitos de nuestras vidas, que no siempre son íntimas pero sí implican ir sacando capas de lo que somos y estar más cerca. Aunque no necesariamente nos hagamos amigas después de esto. Yo la entiendo y ella a mí. Y es todo lo que importa.

Todavía no llegan mis vacaciones, pero el ritmo bajó y las cosas siguen su curso, en un avance lento y tranquilo. La mirada se va alejando, yo miro como en un zoom out y me pregunto: para dónde hay que seguir afinando el foco. Qué se hace para que los dos pedacitos de esa imagen se conviertan en una sola.

El año de los diluvios

I
Este diciembre se inunda y los ríos crecen con aguas marrones. Hay un desborde, lo que no puede seguir siendo de la manera que es, la sensación de haber tocado fondo de nuevo. Me gusta que el año se esté yendo y no pare de llover, y haberme enterado hace poco que mi provincia es uno de los lugares del mundo en donde más tormentas de magnitud suceden. Y por eso vienen personas de otros países a estudiarlas, para ver por qué es aquí y no allá.

Anoche dormí en las sierras, el agua hacía sonar un techo de chapa y yo pensaba en mi isla, en esa rendija debajo de la ventana por donde entran pequeñas cataratas desde el sureste. Temí abrir hoy la puerta y encontrar un charco espeso sobre el piso de calcáreo rojo. Pero al final el agua solo estaba dentro de mí, como siempre en este último tiempo.

II
La semana pasada tuvimos que cerrar una película el día de nochebuena. No había opción: las dos directoras viajan mucho y era el único momento en que coincidíamos las tres en la ciudad. Tocaron el timbre a media mañana; una trajo sidra, la otra pan dulce. Llegó la hora de almorzar y almorzamos. Hicimos el corte final y vimos la película por última vez. Después brindamos. Cuando se fueron, escribí el nombre de mis regalos de navidad en papelitos recortados para futuras estructuras. Me pinché con las ramas de un rosal blanco que era para mi mamá, y me quedaron tres puntitos rojos arriba de la boca. Afuera hacía 37 grados y yo barría los restos, las migas de la mesa y del piso, mientras la Tali me miraba desde una silla. Sentí que habíamos hecho una película nostálgica, pero no sabía si era la película o era yo misma. El secaplatos quedó con varias copitas dadas vuelta. Cuando volví a la isla, me puse a bailar los mismos temas que nuestres personajes bailan en la película.

III
Afuera no deja de llover y este año lloví tanto que pensé que me iba a secar toda por dentro. Me pregunto cómo se hace para defender nuestro territorio, sin que nadie se sienta ofendide. Cómo se pueden reconocer las cosas que no se negocian. Todo lo bello y todo lo triste que sucedió, el peso que representa cada uno si pudiera posarlo sobre mis manos. Las personas nuevas que llegaron, mi regreso a la palabra. El amuleto de mujer montajista que se perdió y luego volvió a aparecer.

Lo que tiene ese momento de la cortina de agua, es que parece que fuera a durar para siempre. Se instala como una certeza, aunque no sea verdad. Este fin de año tuve pocas energías y también migrañas, pero no sabía que se llamaban así. Un compañero editor tuvo problemas de salud por pasar muchas horas trabajando frente a pantallas luminosas. Muchas amigas estuvieron tristes y yo me sentí tan rota como ellas. Una mujer hecha de palitos, apenas de pie, caminando enclencle.

IV
Busco la épica de este año. El viaje a Europa por primera vez. Las clases en lugares hermosos. Decir que sí y aprender a decir que no. Creer que iba a escribir un libro. Que me publiquen por primera vez dos textos en papel. Que se filme una película en el barrio donde nací y saber desde el primer momento que yo iba a editarla, aunque eso estuviera fuera de los planes. Sentirme haciendo malabares entre los días del calendario, las horas disponibles y la cantidad de cosas a la vez. Tener muchas películas abiertas al mismo tiempo, reconociendo un nuevo frente de batalla: el de mi energía vital. Preguntarme si no será que estoy cansada de jugar siempre sola para mi equipo.

V
Se fue Agnès Varda y a su última película la vi en el Kino Internacional de Berlín, en una butaca de terciopelo azul, unas horas más tarde de que ella hubiese estado ahí respirando ese mismo aire. Cuando terminó la función lloré y desde la estación de subte le escribí a mi amigo Iván: “La película es una carta de despedida”. Semanas después Agnés dejó este mundo, y yo le agradecí por habernos dejado a nosotres sus películas y por enseñarnos la libertad en el cine.

Se murió la Coca Sarli, yo nunca había visto una película suya. La conocí el mismo día en que me tocó presentar la función de Fiebre en La Quimera. Dije: es sobre una mujer que desea, todo el tiempo y en cualquier lugar.

Se fue también nuestro querido Jonas Mekas, el de los destellos de belleza, dejándonos esa especie de ofrenda que son sus películas-diario, tremendas compañeras de camino. Se fueron Anna Karina, Eva Landeck, Marlen Khutsiev. Todas despedidas cinéfilas.

VI
Se inunda el diciembre de un año intenso como pocos. Yo espero ansiosa a ver qué va a aparecer cuando las aguas bajen y el remolino deje de girar. Quizás después de construir lo que somos, sobreviene el trabajo cotidiano de cuidarlo, para que el viento no nos derrumbe.

VII
Mis deseos para el año nuevo:

Que el respeto esté delante de todo.
Que me llamen para trabajar en películas hermosas.
Que podamos hablar con mis directorxs, usando el mismo lenguaje.

Deseo que en enero haya escampado y podamos mirar a las estrellas otra vez.

Edito pienso existo

Trabajar con la mentira como materia.

Encontrar el sentido de por qué una película
tendría que existir entre nosotres.

El recorte: una parte de eso que llamamos mundo.

El tiempo como una sucesión de presentes.

El problema de la distancia. Estar muy cerca o muy lejos.
Necesitar anteojos para ver.

Montajista: contraplano del director.

No cortar una fruta si aún no está madura.

Poner en marcha un tipo de pensamiento
que pertenece solo a esa película.

Elipsis: aquello que no se dice.

La conciencia del punto de vista.
El nuestro, el del personaje. Coincidencia o disidencia.

Cuidar el misterio.

Fotograma: célula de sentido del plano.

Una decisión de hoy no siempre es la misma de mañana.

Nunca creer que ya entendimos todo.

Sala de montaje: fábrica de mentiras.

Canales sensibles. Cuándo se abren,
cuánto tiempo son capaces de permanecer abiertos.

El tiempo se dibuja como una línea, pero nunca lo es.

No todo lo que se ve tiene que sonar.

Lugares a los que volver: imágenes de archivo.

La cercanía entre el procedimiento del montaje y el de la crítica:
construir sentidos, luego desmontarlos.

Por más entrañable que sea nuestro personaje,
nunca perder la conciencia de las formas.

Fotogramas: pedazos rotos de tiempo.

En la noche,
antes del sueño,
las películas se convierten en imágenes sueltas
que se evaporan en silencio
dentro de nosotres.

Las imágenes volvían a mí, como gotitas mojando la tierra

Voy a jugar a un juego: cierro los ojos. Espero a ver cuál es la primera imagen que se me viene de la película. El plano final. Bien, ese no se puede. A ver, más imágenes. Las llamo para que circulen de nuevo dentro de mí. Esto sucedía con frecuencia mientras estaba editando, pero ahora es distinto. La peli ya se estrenó en Mar del Plata, la vimos dos días seguidos en sala. Y entonces la despedí. Ahora la hago volver, y está bien eso. Entender qué es lo esencial para tener una pista por dónde empezar.

A ver, otra imagen: Martín camina por los pasillos de árboles que se forman dentro del monte. Lleva su sombrero de todos los días. Cada vez que corta una planta, lo hace con un movimiento seco y preciso como la gente de su pueblo, que repitió ese movimiento cientos de veces antes.

Me limpio un poco, como si me pasara un borrador dentro de los párpados. Voy de nuevo: Martín camina de espaldas mientras arrastra algo, la cámara panea lento hacia abajo y vemos un animal muerto. Pájaros negros vuelan en círculos sobre un cielo vacío. Acaba de aparecer Valentín. Ya era hora. Se ve su rostro de costado, detrás, el río y Martín fuera de foco. «El zorzal está preparando su canto», dice uno de nuestros personajes. Un yacaré se acerca a cámara. Valentín habla con la gente de una pequeña comunidad. Hay gallos.

Un anciano qom relata cosas del pasado, cómo cazaban, cómo se curaban. Martín lo escucha, quiere absorber ese relato con el cuerpo, que la memoria tenga a dónde volver. Hablan de un tiempo con lagos profundos y helados, lleno de peces de los que se alimentaban. Otro plano: cabras que miran a cámara, casi posando. Gritan con su voz de cabra. El detalle de un ojo, una mosca que vuela.

La camioneta avanza por un camino de tierra, de fondo atardece y el sol se desdibuja entre el polvillo. De ahí me voy a los árboles con humo, mi imagen iniciática: fue la primera que vi. Nunca más pude volver de ese plano. Reconocer una imagen entre otras, como si la hubiera estado buscando. Entender que en ese material quería quedarme.

Ahora hace mucho que no esta Martín. Lo traigo de nuevo: adentro de su pieza, mira el celular antes de dormir. Si, los qom también usan celular, o qué se pensaban. Haría una secuencia de rostros: de mujeres, hombres, niñes y jóvenes. Con la piel atravesada de surcos, tallada por el viento y el agua. Una historia secreta, que les pertenece a esos rasgos y no a nosotres. Qué más… un atardecer con el sol redondo y color rojo. Una luna llena dibujada en círculo. Más monte, más cabras. Árboles secos en contrapicado con un fondo de cielo azul.  Voces que vienen de otro lugar. Fuegos sagrados. Viajes que empiezan mientras se escucha una semilla. 

Este texto fue escrito cuando supe que iba a editar el tráiler de El árbol negro, terminado y corregido en esta noche de julio.

 

El tiempo pasa como un león rugiendo

En el medio de esta rueda cósmica de eclipses y crisis de todo tipo, debo reconocer que soy bastante afortunada. Primero, porque puedo decir que no cuando siento que una película no tiene nada que ver conmigo. Hace poco tuve que justificar esa decisión. Escribí a quienes me habían convocado diciendo que yo me dedicaba al cine independiente de autor. Y es totalmente cierto, solo que nunca lo había pensado así. Me dio tranquilidad entenderlo y poder nombrarlo. Y tomé dimensión de qué tan artesanal es este trabajo que hago todos los días en mi corazón de manzana. Plano sobre plano, sonido sobre sonido. Todo despacito, a un ritmo que elijo con mucha conciencia. Y aunque en sí creo que opero bastante rápido, lo importante es darle el tiempo necesario a todo lo anterior: el pensamiento que precede a cada corte. Por eso dilato los montajes en el calendario, siendo buena conmigo misma y, sobre todo, con las películas que edito.

Finalmente, llegan los premios: proyectos hermosísimos, directores apasionados y con claridad en lo que quieren. Hacía un tiempo que no respiraba de las certezas de mis directores, esos seres que se me sientan de frente y me dan la tranquilidad de que vamos por caminos correctos. Aceptan propuestas, afinan la búsqueda. Nunca pierden la brújula ni dejan de ver el horizonte. O solo les pasa de a momentos. Y es ahí cuando me siento útil y buena compañera. Escucharles pensar sus decisiones, ponerle palabras a su tarea, es una de las cosas que más me estimula para seguir.

«Hacer esta película fue un acto de fe», me dice uno de ellos. Otro decide salir a filmar una ciencia ficción mezclada con archivos, en un gesto de declarada desobediencia. El otro me llama desde muchos kilómetros de distancia, confiando por alguna razón en mi mirada e invitándome a participar en su proceso de montaje, que antes llevaba adelante en soledad.

Y sé que soy dichosa, que ese material que miré con mis propios ojos es un regalo, ese Remo que se brinda a la cámara y abre de par en par las puertas de su casa. La trolebusera rebelde que nos mira a los ojos. El muchacho que sobrevivió de muchas maneras.

Filmar una película para sanar lo que los demás quisieron hacer con nuestros deseos. Por eso ahora toca decidir con firmeza. Y no hay margen para volver a desoír lo que queremos: somos jóvenes y hermosis. Se nos va la vida en esto. El tiempo es ahora.

 
 

 

 

Pequeñas tempestades

(a Anika)

Todas estamos rotas,
dice una amiga querida.

Por eso cuido
lo que podría sanarme,
que es:
una película que ame,
un personaje que abra el horizonte
gracias a su palabra,
un director o una directora
que me enseñe
a seguir pensando.

A confiar en que sí tiene sentido
nuestra labor,
que las horas y horas
de insistencia
no llegan a cambiar el mundo,
pero sí
un punto de vista.

Y qué más se puede pedir
si cada tanto logramos eso.

El viento sur
arrastra cosas a su paso.

Hace no tantos años,
la noche de San Juan era sagrada,
ahí bajo la luna de Güemes.
Una oda al encuentro y a lo colectivo.

¡Pero tenemos tan pocas ceremonias!
Y a esta también la fuimos abandonando.

En algún texto
leído para mis clases,
alguien decía
que el cine, finalmente,
se parece a ese ritual
primitivo y mágico
de juntarnos alrededor del fuego
a escuchar historias.
Que nos cuenten un cuento.
Un placer
de la naturaleza humana
que viene de tiempos remotos.

La pantalla fuego.
Sabernos rotas
pero de pie.

Damos las batallas
en cada día nuevo.
Y aunque el viento sur
se lleve lo tibio
que quedaba
de esas noches de San Juan,
mientras haya una sala de cine
en la que entrar,
puede que estemos salvadas.

Entre el inicio y el fin

Justo estoy en esos pedacitos de tiempo en que se vuelve simultáneo cerrar por un lado y abrir por otro. Hacer un corte final el sábado, cuando el viernes había editado las dos primeras escenas de otra película y hoy tenía que retomar una consultoría de montaje. Los días se ven atravesados por ese ir y venir de cosas empezadas y a punto de terminar. Esta semana también acabará el rodaje de la película del pintor. Y di una de las últimas clases de Bella Tarea.

Lo que se abre con cada pequeña pausa es la posibilidad de detener la vorágine y pensarme de nuevo. En las cosas que quiero y las que no. Seguir afinando el foco: hacia allá vamos. Entonces, algo se clarifica: esta película ya pasó a post. Me he liberado de ella. ¿Qué deseo ahora?, ¿dónde seguir poniendo mis energías y mi tiempo?

Ensayo una primera hipótesis: me interesa más la mirada de los directores y las directoras con quienes trabajo que el tema o los personajes que han decidido filmar. Dos: ya no quiero habitar proyectos donde no logro construir un lenguaje común con mis directores. Tres: qué hermoso cuando me siento afortunada de trabajar en las películas que me llegan, como si estar mirando ese material y tenerlo entre mis manos fuese un premio.

Quiero que siempre me den confianza para trabajar.

Quiero que no vuelvan a dejarme sola.

 

Se mueve el viento como mi corazón en estos días

el paisaje andino en tonos verdes y amarillos
recortados contra el azul
ese aire de lugar desierto y hermoso
que cuando es frío
parece que baja
y se asienta sobre la piel

ando por esta tierra de uvas y vinos
y ahora también de ser maestra
como fue una de mis abuelas
y muchas otras mujeres
en sus inicios como trabajadoras

me paro durante varias horas
al frente de un aula
con veinticinco cuerpitos
que me miran y escuchan

todavía tienen algo
entre ingenuo y sagrado
porque no se trata solamente del cine
esta vez
es eso
junto a lo otro
(principio básico del montaje:
la yuxtaposición de planos)

como es adentro es afuera
y yo a mis veintiuno o veintitrés
qué lucía era
qué pensaba sobre las formas
con quién dormía de noche

si se pudiera ubicar ese momento
en que una se siente despertar:
aquí es donde me quedo
este será mi oficio
de aquí vendrán el pan y el vino

les personajes tienen contradicciones
así como somos las personas

y al final dibujo en el pizarrón
una línea continua
y entre el inicio y el fin:
otra línea de puntos

entonces digo:
este semicírculo
sería el arco dramático

no hay estructura sin movimiento
nada de lo que empieza en un lugar
termina ahí mismo

Los ciclos

(a Daro)

Afuera llueve, todo el día llovió en este principio del otoño. Se ve que las estaciones aún tienen fronteras, a veces pareciera que se hubieran borrado, pero no, existen temporadas en las que hace calor cuando tiene que hacer calor y lo mismo pasa con el frío.

Me gustaría que mi trabajo también tuviera ese aire estacional, eso de los ciclos de tres meses que abren y cierran algo. Y que, al final, el año termine siendo un invento gregoriano, porque el tiempo real no es otra cosa que la sucesión de un ciclo detrás de otro, como los de la luna o las mujeres. 

Cada vez que inicio el montaje de una película me hago esa pequeña promesa: que la vamos a terminar. Porque nosotras no editamos para que un día quede todo ahí, lo hacemos para acompañar a otra persona, para que no deje de creer. El tercer acto de la vida de cada proyecto, que es cuando aparecemos, nos permite asumir el rol de heroínas. Y aunque no es tan cierto que lo seamos, es lindo habitar ese lugar.

Todo está bien con tal de hacer el corte final en algún momento, y poner el film arriba de la cinta transportadora para que siga viaje hacia la post de color y de sonido, los verdaderos cierres de la cadena de trabajo. Por eso, una vez despachado, se nos cierra algo dentro, como un canalcito sensible que existía solo para ese proyecto, esos personajes y ese director o directora. Una manera particular que teníamos de escucharles, aconsejar o hasta meter tijera limpia. Una forma de leer la conjunción de tantos lenguajes a la vez.

Creo que hay un momento en el que hacemos lugar a la película que vendrá. Y puede sonar tranquilo el teléfono o llegar un mail a nuestra casilla. Total, estamos disponibles, otra vez tenemos sensibilidad para empezar de nuevo.

 
 

 

 

Salas de montaje

En la jornada de ayer terminé de mirar el material de la película que ando editando por estos días. Un pintor supertalentoso y gran pensador cuenta acerca de una técnica que conoció de otro pintor en la época en que había que acercarse a los talleres de otros para aprender mirando. Con el montaje pasaba lo mismo. La transmisión de los oficios era así: persona a persona. Había un cuerpo y una voz que se escuchaba, cuyas palabras nacían de la experiencia, del contacto con los materiales. Remo Bianchedi cuenta cómo aquel pintor agarraba la hoja de papel y la dibujaba entera. Hacía líneas, curvas, garabatos. Terminaba casi sin espacios vacíos. Entonces buscaba una goma y se ponía a borrar todo lo que sobraba. Así aparecía el dibujo verdadero. Primero tenía que dejar salir todo lo otro y después buscar ahí, dentro del caos, puliéndolo como si tallara una piedra.

Me impresionó ese procedimiento de trabajo, tan parecido al nuestro pero con otro soporte tan distinto. Pienso estas cosas mientras escucho. Me detengo ahí. Si pudiera salir de mí un segundo, me observaría en ese momento: sentada en mi silla de tres colores, al frente de dos monitores de imagen y dos de sonido, una mesa roja, un teclado retroiluminado, un mouse, un estante. Rodeada de muchos discos rígidos externos y cuadernos de colores, cada uno para su propia película. Hay también lapiceras, un lápiz y una goma, resaltadores. La pared detrás de los monitores es mi pequeña apertura al mundo, llena de imágenes en forma de fotos o postales que contienen personas, películas y espacios que han sido parte de mi camino. Están ahí, abriendo miniventanitas sobre el muro blanco, recordándome que, además de las imágenes de luz emitida, hay otras, y que también tengo una historia. Está el alebrije de dragón poderoso, que traje de un viaje a México en el momento en que todo tenía que volver a ser construido. Por último, el amuleto de mujer-montajista que me regaló mi amiga Anika, al cual ya le imprimimos un aire sagrado: es una tijera diminuta que debo llevar conmigo cada vez que viaje.

Varias veces al día entra Talita con sus maullidos, me pide comida, que le abra un placard o simplemente que deje de mirar un rato los monitores. Estoy trabajando, le digo, y entonces empieza a invadir sigilosamente el espacio, se refriega contra los cantos de la mesa, se estira sobre mis muslos dejando todo su peso, se acuesta sobre el pad de gel. No es que sea particular que una gata haga esas cosas, el asunto es que ella entiende que, en ese espacio, es donde está todo para mí. Entonces lo corrompe un poco, poniéndome a prueba en una escala de valores muy íntima y delicada.

A veces pienso: qué lejos estoy de sentir la tierra o el agua bajo mis pies descalzos. Qué aburrido salir afuera y tener que achinar los ojos como si viniera de una caverna. Qué posición de trabajo tan rutinaria, sentada todos los días frente a una mesa, con la variación mínima de dar vueltas sobre el eje de la silla o desplazarme a bordo de las rueditas.

¿Cómo se mide el tiempo que pasa dentro de una isla?, ¿en horas y minutos, o en cantidad de escenas editadas? Pienso en ese pozo del tiempo que es cualquier sala de montaje, en el concepto de isla que nos remite a palmeras, arenas y agua azul, cuando en realidad tenemos un piso rojo y una cortina bien mullida para que la luz no entre. Pero me quedo con esa idea del aislamiento. La evidencia de la soledad.

Antes de que las mujeres pudiéramos editar, porque el mundo no fue siempre así (no estudiábamos, no votábamos y tampoco editábamos), el oficio asignado a nuestras cualidades entendidas como femeninas era el de cortadora de negativos. Decían: la mujer es delicada y precisa. Y después: ¡pero cómo una mujer va a tocar el positivo! Margarita Bróndolo, pionera del oficio en nuestro país y trabajadora de más de trescientos largometrajes argentinos, contó algunas cosas antes de irse. Primero, que amaba su trabajo. La dama del celuloide, como la apodó una periodista, había entendido algo: que era la guardiana del material. Dijo: «Todos los días se filman 300 metros de película y no se tira ni un fotograma. Eso va a copia y una vez que el director eligió, el laboratorio me devuelve a mí el negativo, porque yo soy la dueña. Lo tengo desde el primer día de filmación hasta que va la copia al cine. Fui responsable del negativo de todas las películas que pasaron por mis manos». Y cuenta que llegó al oficio por una serie de casualidades, y porque ella «quería trabajar donde se hacen las películas». Ese lugar, en su caso, era un sótano donde pasaba las jornadas haciendo su tarea.

Las salas de montaje también son oscuras y solitarias. Pero perdieron materialidad. Las moviolas que usaban entonces estaban sobre un enorme tablón lleno de rodillos, perillas, cuchillas bien afiladas. La película tenía que hacer un recorrido físico, atravesar cierto camino pensado para ella. Pasaba con su propio cuerpo y así lograba ir de un carrete al otro, tener empalmes bien hechos y contar una historia. Y ahora, ¿dónde está el cuerpo de las películas? Quizá en uno de los platos del disco rígido, dibujando un leve surco que en realidad es un código de ceros y de unos, en una cantidad exorbitante de millones de bits.

O sea que ese cuadradito hermoso de haluros de plata, celuloide y 35 mm de medida diagonal, que se podía sostener entre las yemas del pulgar y el índice y mirar a contraluz, necesita de millones de ceros y unos para poder existir hoy en formato digital. Ya no es palpable, no se puede tocar. Existe, sí, pero es inmaterial. ¿Dónde vive entonces?, ¿en nuestra retina?, ¿en alguna capa de no sé qué parte del panel del monitor?

El oficio de montajista actual se está tornando sospechosamente posmoderno, casi millennial. Ya no hacemos acciones con nuestro cuerpo. Solamente los shortcuts con la mano izquierda, y los clics con la derecha. En cambio, las cortadoras de negativos y las primeras montajistas sí que sabían empuñar una tijera y pegar un empalme, poniendo mucho más de su cuerpo, volcándose sobre un territorio de trabajo. Levantando latas enormes y pesadas, haciendo fuerza con las manivelas.

El Sr. Murch dijo una vez que escribir los papelitos con los nombres de las escenas, los personajes y las acciones es una parte sagrada de la labor: un momento que tiene alma. Usamos tijera, chinches, lapiceras. Hacemos manualidades por un ratito.

Parece que todo eso tan bien engranado, de mecanismos sencillos y a la vez perfectos que tenían las moviolas, ahora vive adentro de un gabinete. Si desatornillo las tapas del costado, encuentro objetos modernísimos, llenos de pins metálicos de color dorado y cables finitos en color negro, amarillo y rojo. No sé dónde debería buscar el alma de mi isla, pero sí entiendo ahora que ese es su cuerpo. Que también se acalora en verano, se alimenta de energía y cada tanto pide un poco de atención. Yo la escucho, pobre, tantos años trabajando juntas, gestando películas como niñes, que salen así, por el cordón umbilical de un disco externo, tan virtuales y contemporáneas.

 

Dedicado a todas las cortadoras de negativo argentinas: Margarita Bróndolo, Nilda Nacella y a las que no vamos a conocer nunca, pioneras de la lucha de la mujer por trabajar en el cine argentino. Porque nos allanaron el camino a todas las que hoy somos montajistas.

Lectura súper recomendada: Entrevista a Margarita Bróndolo

 
 

 

 

Las horas solitarias

Las editoras siempre estamos esperando. Que se pueda hacer el rodaje, que nos pasen el material, que las cuotas se liberen. Tener listo el corte de guion para recibir a las directoras o los directores en la isla, dando inicio a ese período de dulce convivencia que es lo más lindo de nuestro trabajo.

Esperamos a mirar los crudos por primera vez y sentir que estamos conociendo a una persona nueva, sanando simbólicamente una distancia que sí o sí nos separa: en la generación, en el tiempo, en la clase social. Algo de eso se redime ahí, solamente escuchándola, olvidándonos de nosotras mismas para aprender cómo habita el mundo otra persona. Es un ejercicio de apertura y empatía. El cine, creo, también lo es.

Todo esto sucede en medio de una ciudad que tiene su ritmo afuera, con el río que corre a cinco cuadras de casa, con tormentas que se arman y desarman en el cielo de la primavera cordobesa. Y yo acá, adentro de una isla, tan callada y tan sola, me llego a creer que el mundo se puede entender desde un monitor.

Un día, caminando por la calle y sin sospechar, veo una joven en una marcha y resulta que es Franny. O voy a un recital de mi compañero y aparece Loraine. En persona es encantadora, bien diferente al personaje de la película.

Entonces tomo un poco de coraje y me acerco, sabiendo que tendré que explicarles quién soy, porque ellas ni sabían que existo. Pero estoy tranquila: sé un montón de secretos suyos que no le voy a contar a nadie. Porque alguna vez entendí que está muy bien cuidar esa fragilidad de las personas que editamos.

Después de intercambiar algunas palabras me despido con un abrazo leve, como quien acaricia algo entre amigable y desconocido: una gatita de la casa de alguien a la que no sabemos si vamos a volver. Una compañera del secundario que se sentó tantos años a nuestro lado y ahora apenas podemos recordar su nombre.

Cosas que se rompen para volverse a unir

LOS DESEOS II

Arreglá un objeto.
Mientras lo hacés,
también arreglás algo dentro de vos.

Pensá en una «herida» en tu vida o en el mundo.
Pedí que sea curada mientras arreglás el objeto.

Yoko Ono, Acorn

Termino la jornada en mi isla-hogar y mientras lavo los platos de la cena observo cómo, a una distancia de pocos centímetros, la caída de un vaso puede ser fatal. Esas piezas separadas van a convertirse ahora en otra cosa, un lugar de paso para los gajos de mis plantas, donde estarán viviendo hasta echar raíces.

Yo también me rompo a veces por dentro y después tengo que volverme a unir. Igual que los pedacitos de películas cortados en líneas de tiempo. Lo extraño es que esas partes no llegan a ser unidades en sí mismas, porque ya dejaron de ser planos para convertirse en otra cosa: cortes. Sí, son cortes. Y trabajamos con ellos. Incluso se convierten en otra unidad nueva cuando los usamos para nombrar los avances de la edición: tengo un nuevo corte, falta poco para el corte final.

Me gusta pensar que todas las películas fueron alguna vez esa montaña de pedazos rotos de algo. Y recién ahora entiendo que eso que hacemos en el montaje es andar rompiendo planos –como si cortáramos papelitos– cada vez que la cuchilla pasa por encima de un clip.

Pienso en un vidrio partido o en un jarrón de cerámica que se estrella contra el piso. En todas esas astillas que quedan ahí, convertidas en polvo, que no vamos a poder recuperar nunca. Sin ellas, que eran parte del cuerpo original, tampoco podremos llenar los intersticios. Y al querer reconstruir la forma original, el jarrón se verá lleno de pegamento y grietas marrones.

En las películas, a veces, los cortes directos también sangran. Y está bien que sea así, que hagan visible la herida. ¿O acaso la mayoría de las historias no nacen de un dolor? Lo que pasa es que el cine transforma todo en luz, y nos encandila con eso, con el espacio oscuro y sereno, la butaca tan cómoda. Y allá adelante pasan los reflejos de colores mientras otra cosa circula alrededor, otro tono, otros ecos, como algo lejano que se va acercando cada vez más, de afuera hacia adentro o quizá en sentido contrario.

La vida como es

Fui y me creí todo,
y eso me hizo feliz.
Laura Wittner

hay películas
que son como una foto en movimiento
pongamos por caso
la historia de una familia:
el film la retrata
en un momento equis de su vida

años después
alguien la verá en una sala y opinará:
se nota que es documental
porque todo es muy real

la persona no duda de eso
le gusta la ilusión
de que la vida pueda filmarse tal cual es

ante la tentativa de saber
la directora solo le responde:
hay cosas
que se pensaron para la cámara

es una delicadeza
y me encanta que no quiera decir
más de lo necesario

porque editar también es cuidar secretos
saber mucho pero reservarse
no para mentirle a nadie
sino para que la magia exista

¿a quién le interesaría el cine
sin la posibilidad de ese encanto?

ese juego de niñes
de decir «está bien, contame lo que quieras»
llevame a cualquier lugar
total voy a creerte todo

¿es menos real lo que se hace para la cámara
que aquella imagen
robada desde un rincón?

también se podría pensar esto último
como un gesto depredador
el hambre por comerse
un pedazo del mundo

entonces quién se atreve a poner en su boca
la palabra verdad
o a decir «eso que está ahí, no es cierto»

quizá el cine solo necesite
que podamos ceder ante el ensueño

fontán dijo una vez:
«a las películas hay que mirarlas
no hay que compararlas
con los prejuicios que uno tiene»

amén

¿Dónde yace tu fuego escondido?

Para que un plano merezca la pena, es necesario que «algo queme en el plano». Eso que quema, es la vida y la presencia de las cosas y de los hombres que la habitan.
Jean-Marie Straub, citado por Alain Bergala en La hipótesis del cine

Primero que nada: tenemos un oficio, como cualquier otro. El senséi dice que trabajamos con el hacha y la madera. Uno de mis directores me dijo hace unas semanas, mientras se iba de la sala de montaje, que lo que estábamos haciendo era como tirar una piedra por un barranco y que esa piedra se iba a ir puliendo hasta llegar al corte final.

Durante mucho tiempo me pregunté si las películas tienen una especie de esencia o naturaleza elemental que las hace ser lo que son más allá de todas las miradas y las manos que intervinieron en ella. Las editoras, así como las directoras de fotografía o las asistentes de dirección, somos ante todo intérpretes de un deseo. Una DF brasilera me dijo una vez: «Somos médiums». Creo que el guion de una película, o ese primer corte que el director edita para calmar su desconcierto posrodaje, son para nosotras instrumentos de trabajo sobre los que nos corresponde mirar más allá. El subtexto, lo no dicho.

Porque la escritura se va transformando en cada uno de los tres nacimientos de la película: el guion, el rodaje y el montaje. Pero si hay algo que permanece, uniendo todo eso, es el deseo original que tuvo el director, ese impulso o fuego disparador de lo que vino después, un proceso que puede haber durado años y años y en el que nosotras aparecimos justo sobre el final, con todo el cansancio de ellos a cuestas.

Hace unas semanas, hicimos la proyección en sala de Mochila de plomo. Cuando salimos de verla, su coguionista Pipi Papalini me dijo que lo que más le gustaba era que la película le parecía muy honesta. «¿Con qué cosa?», le pregunté. Y me respondió: «Con el espíritu del guion».

Yo no sé si se pueden ver los espíritus de los guiones como si fueran un aura o si siempre puedo entender el deseo de un director. Pero sí creo que cuando me acerco a leer ese deseo es cuando puedo proponer algo más focalizado, más orgánico, en esos primeros corrimientos del lugar original que el director estaba pensando para montar la película.

El deseo se transforma en un faro orientador, y entonces es más fácil considerar juntos los caminos que se abren a partir de un material en bruto y decidir cuál vamos a transitar durante el resto del montaje. Nuestro trabajo consistiría en no perder nunca de vista eso que quema al director.

Me parece que cuando el deseo se cuidó hasta el final, las espectadoras y los espectadores lo sentimos. Debe ser por eso que algunas películas parecen contener algo vivo. Y nos devuelven la esperanza de que lo verdadero todavía puede existir dentro del cine.

Dedicado a mi senséi Ezequiel Salinas, que esta noche me mandó por mensajito la cita con la que abre el texto y que siempre me hace volver a pensar en el hacha y la madera.

 

Resonancias

me ando preguntando
cuándo se termina una película
lo digo en el sentido de finalizar
de decir «es esta»
ya no hay más nada
que mover o quitar
lo que se fue no se extraña
y lo que apareció es hermoso

ahora ya pasó ese momento
en el que lo nuevo era posible
las cosas son lo que son
y por eso hacemos ajustes de a cuadros
apostamos un número:
son tres, son siete, son trece

tenemos que cuidar el tiempo
no tocar demasiado
porque a esta altura
algo podría desacomodarse
de manera irreversible

ya lo dijo el sr. murch
y hasta encontró una manera
de nombrar ese fenómeno
al que llamó
resonancia vibratoria:
lo de aquí
tiene un eco allá

mi papá diría que el cuerpo
también es así
que algo que no está bien
en un pie nos provoca
un gran dolor de cabeza
y él lo dice porque es médico
y yo no
pero alguien me habló de las curitas
y de las películas
y a mí me gusta mucho eso
de hacer como si curara algo

tanto que a veces hasta me lo creo
pero en el fondo y siendo honesta
sé desde el día uno
que no es cierto
y que si hay algo bueno que encontramos
es porque antes hubo
un guion escrito en el tiempo
una buena elección de actores
y se los acompañó bien
se los cuidó
no fueron monigotes de un gran dios

y había alguien allí llamado director
que necesitaba decir algo
porque el cine no es un pasatiempo
de niños ricos que tienen el dinero
y el encanto para convencer a otros

el cine es un lenguaje más
una serie de palabras puestas en juego
que a veces hasta son urgentes

y por eso hay películas buenas
y películas malas
porque algunos naufragan en la pregunta
usan palabras sofisticadas
para decir no saben qué

entonces las adornan mucho
les ponen brillitos y colores vivos
para que los espectadores salgan
de la sala y comenten cosas

que es muy bueno el arte
que la foto está hermosa
y al final todo eso no vale nada
si es solo lindo y correcto

porque a quién le sirve
a quién le mueve algo adentro
o le cambia sus pensamientos
del día siguiente

a quién, si solo se ve una niña bonita
a la que le taparon la boca
porque tenían miedo
de escuchar su voz

Últimas doce semanas en flashback

Hace días que no sé qué es el silencio.

1.
El peso de las cosas.
El viento, el aire que se va moviendo.
Lo que se enciende, lo que se apaga.
Lo que se acumula hasta estallar.

Un día, solo edito. Y antes de dormir, 
se me cruza un pensamiento: 
es un delirio que vivamos de hacer películas.


2.
El Bañado de las Estrellas, en Formosa,
parece un lugar de otro planeta.
La cámara acaricia los bosques, llega al agua,
viaja arriba de una canoa junto al personaje.
Hasta que cae el crepúsculo.

3.
Una primera niña que nace.
Ser tres en vez de dos.
Hacer una casa.
Construir quiénes somos.

¿Quién dijo que hablar de la propia vida
era más fácil que hablar de la de otros? 

4.
El martes a la nochecita
vamos al cine con uno de mis directores.
Caminamos cuadras enteras
debajo del cielo de agosto
y de la garúa.
Entramos a la sala, nos sentamos.

Entre los guantes y el estuche de mis lentes,
pude sentir el frío del metal:
aún llevaba una tijera en la mano.

Tuve miedo.

¿Y si el encanto, un día, desaparece?

 

 

 

Unos años después

(a nadir)

primer tiempo:
tener
algo
para
decir

hacerlo nacer
escribirlo
volverlo a escribir

sacar
o dejar
ese es el dilema

filmarlo

abrir
el juego

*

segundo tiempo:
todos somos la película
y la película
es nosotros

rodar. parar

irse a una tierra lejana
y volver

soñar algunas noches
con escenas
anotadas en papelitos

leer algo
y pensar:
eso es

*

tercer tiempo:
dejarme mirar imágenes
donde están todos
y ninguno

diré que sí
o que no

tomarás decisiones
y también
podrías
destomarlas

volver
no siempre significa
ir hacia atrás

estás ahí y es tuya
pero a la vez es de todos

y el tiempo
que pasó
¿podemos medirlo?

sos pregunta
sos aire

dijiste:«una película es
la sensación que nos deja
cuando termina»

queremos que ellos bailen
en un plano secuencia
de garrel

queremos sentirnos
menos solos

«te quiero
y es definitivo»

ahora ella está cerca
y quién pudiera saber
si es la misma
que allá
lejos

si es otra
o es
nada más
la que debía ser

con tanto viento
que no la llevará

 

 

 

Visionados

visionar es un verbo nuevo
no sé de dónde viene
pero es cierto
que no es mirar ni ver

visionar
debe ser algo así
como tener visión del futuro
de la película que será
pero aún no es

y saber que con trabajo
podemos acercarnos
a eso que el director desea

entre nosotros es habitual
mirar todo de corrido

entonces él visiona una película futura
yo visiono otra
y aún no sabemos
cuál es el punto
en que las dos se encuentran

en unos días volveremos a visionar
en ese ciclo continuo
y necesario
para saber en qué lugar
estamos ahora

una casa se abre
cuando tenemos confianza en el otro
un cuerpo
cuando hay deseo
un libro
cuando podemos entenderlo

por eso invitamos
a algunas personas
para saber
qué parte del cuerpo sigue doliendo
si puede escucharse o no
algún latido

¿y respira?
¿hay algo que respira?

a todas esas preguntas
ya no podemos responderlas nosotros

por eso escuchamos con atención
a los primeros espectadores
que vienen
con su mirada nueva

nos dicen
cuánto falta trabajar y en dónde
para llegar a tener
una película terminada

y para que el cine
vuelva a recordarnos
–bien bajito
en el oído–
que estamos vivos

visionar:
(de 
visión)
1. creer que son reales cosas inventadas

 

 

Deseos para el 2017

DESEOS PARA EL 2017

31 de diciembre, 2016

que el cine sea
de aquí hasta el fin del mundo
una casa de puertas abiertas
y cuando todo lo demás
desaparezca
sea él quien nos salve

que siempre seamos libres
para elegir cómo y dónde trabajar
y que esa libertad
sea nuestro auténtico poder

que entendamos
que no le debemos nada a nadie
más que la gratitud
por haber confiado en nosotras
y haber sido parte del camino

que algo tan simple como un oficio
pueda calmarnos
llenar una parte del deseo
y darnos el pan
de cada día

que nos mantengamos cerca
de nuestros referentes
y los cuidemos
y respetemos

que sepamos cuáles son
los lugares
en los que queremos estar
así pasen tempestades
y pocas cosas
se salven del tumulto

(en un papel doblado, escondido entre los cuadernos de mi mudanza calefona,
en una bolsita roja)

 

El año de los directores hermosos

a mí me gusta que lleguen temprano
con bolsas en la mano
y no saber si traen criollitos
o algo para el almuerzo
y que suban las escaleras con su mochila
porque vienen a pasar el día

me gusta que estén sentados a mi lado
que sepan lo que quieren
y hablen con palabras de cine

que la sala de montaje
sea como un diván
donde pensar la película en voz alta

que me escuchen en silencio
y a veces respondan que sí
otras no me crean
y me obliguen a desplegar
todo tipo de argumentaciones

que cuando nos sentamos a trabajar
se pongan unos lentes
que no usan todo el tiempo
y parezcan más intelectuales y más serios
aunque sigan siendo los mismos

me gusta convivir con ellos
así de a temporadas
que cocinen en mi cocina
que se ocupen de renovar el mate

a veces me prestan libros
me regalan canciones
películas
o flores para el jardín

y entonces me siento como una médica
a la que le agradecen
por haber puesto las curitas
ahí donde dolía

me encanta cuando me dicen
a mí me gusta
charlar de mi película con vos
hoy me levanté contento de venir

pero lo más lindo de todo es
esa tensión en el cuerpo
durante los visionados

mi corazón que se acelera
justo antes de esa parte
en la que propuse algo
y sé que ellos
van a amarla o a odiarla

y es esperar esos minutos
tomada por los nervios
a ver si pronuncian
el sí o el no

así de entera me tengo que brindar
es una cuestión sin matices

con estos compañeros que van y vienen
que son como aves de paso
y vuelven en unos meses
o años después o quizá nunca

pero yo ya toqué con mis manos su película
ya recorrí el camino con ellos

y lo que más me gustaría
es que me vuelvan a elegir

Manos en la tierra

temprano en la mañana,
una flor no acaba de abrirse

este oficio,
¿será siempre lo que seré?

¿es cierto que somos lo que hacemos?

editar, quizá,
es como cultivar la tierra

y amar lo que no es tibio,
¿será más o menos verdadero?

al final, editar es estar para el otro

a veces tengo miedo
de que las películas no me dejen

despertar
y que sigan dentro de mí
una mañana cualquiera de noviembre

 

flores-de-video

Entonados

UNO
Era enero, yo aún estaba editando Gallos rojos y me encontraba lejos de intuir el torbellino de año que se avecinaba. Por esos días, en apariencia calmos, llegó una buena noticia: Fer Lacolla quería convocarme para editar una película sobre un poeta. Trabajar con Fer en Inoxidables había sido una experiencia hermosa y nutritiva. Y yo adoro la poesía. Dije que sí. Después vinieron febrero, la decision de irme de El Calefón, viajar a México y cumplir treinta años, volver y ser una nómade con una isla de edición a cuestas. Entre todo ese vértigo, hubo una sola cosa que se mantuvo firme: confiar en los proyectos que había elegido para trabajar. Y editar, editar y editar.

DOS
Todo es más amable ahora y hoy ha sido un bello día: un día de fin de montaje. Decidí que de ahora en adelante voy a sacarme una foto con los directores cada vez que termine una película. Es lo justo: los montajes y su final son tan importantes como el fin de un rodaje.

En algo más de cinco semanas, atravesamos con Fer todas las etapas previstas: el material enfrentado a machete limpio, la decisión del formato más cinematográfico o más televisivo, la sensación de deriva. Y lo más importante de todo: el ejercicio de la libertad.

Había, en esta película, poco material y muchas entrevistas. Pero detrás de todo eso, rodeado de montañas, árboles y pájaros, estaba él: Antonio Esteban Agüero, el poeta merlino. Me gusta decirle así, como si fuera un mago. De la imagen de Agüero no existe registro fílmico: solo fotografías y un viejo disco con algunos poemas recitados. Ni entrevistas, ni otros audios, ni nada. Entonces el primer problema era una de las eternas y más enormes preguntas que debe hacerse el cine: ¿cómo hablamos de aquello que ya no existe?

TRES
Alan Berliner dice que debemos celebrar la pasión por la edición: que las cosas sucedan porque se editan. Siempre pensé que lo más fascinante de editar era la libertad que nos propone. Hacer y deshacer a nuestro antojo. Pero no es solo eso, también es el poder. Porque tomar decisiones es tener poder. Y a mí me gustan esos atributos de los dioses que jugamos a ser, cada vez que hacemos una película.

Cuando construimos personajes, por ejemplo, nos convertimos en sus creadores: los modelamos, delineando sus rasgos de personalidad, sus vínculos con seres queridos, sus contradicciones. Si toda persona de la vida real tiene su luz y oscuridad, nosotros vamos a decidir qué mostrar y qué ocultar. Vamos a ir corriendo y descorriendo el velo del misterio, dejando entrever lo suficiente para que alguien pueda identificarse con ellos. Pero nunca develándolos por completo, nunca destruyendo ese misterio.

CUATRO
Quizá por eso el material de archivo sea mi lugar preferido del último tiempo. Es como la materia prima de los dioses, ahora que lo somos. La arcilla blanda y amable que vamos a modelar despacito. El archivo es materia y es puente. Con él, crearemos universos. Con él, volveremos a viajar en el tiempo.

Acudo a los archivos cada vez que parecieran acabarse las respuestas. Fer me da la libertad y la confianza para que comience a transitar ese lugar. Como editora, siempre agradezco que un director me habilite ese espacio.

En un comienzo voy a jugar solamente con mis propias reglas. Hay un material hermoso, fílmico y fotográfico, que he traído de mi viaje a Buenos Aires en otoño. Del rodaje vinieron más fotos, muchas del poeta y de su aldea. Pero igual hacen falta más, por lo cual acudo a un archivo de uso libre, donde hay cantidad de cosas clasificadas de maneras extrañísimas y nombradas en inglés. Elijo la categoría home movies, navego brevemente sobre algunas colecciones de norteamericanos aficionados de los años 40. Hay material en color también.

El archivo nos va a servir para construir escenas enteras, para narrar lo mismo que dicen esas horas y horas de entrevistas, pero haciendo uso de las imágenes, sonidos, poemas. Construimos situaciones un poco ciertas y otro poco inventadas, y así Agüero va tomando cuerpo, se convierte en un personaje que es el mismo que escribió la canción de la mazamorra, sabes, es el pan de los pobres, que amó su pueblo natal, que cuando era niño se subía a un banquito para recitar las cosas que escribía.

CINCO
Hace poco escuché a alguien decir que no se puede hablar poéticamente de la poesía. Puede que tenga razón. Sin embargo, creo que sí hemos logrado construir una cierta poética, que tiene que ver con esa naturaleza profunda y hermosa que habitó Agüero, con sus montañas, ríos, árboles y pájaros. He usado muchísimo mi nuevo archivo sonoro también, ya que necesitaba ambientes, cantos y dar una cierta profundidad a esas imágenes encontradas.

El canto. El tono. La cadencia. Todo eso que se construye y tiene que ver con el pulso y la respiración. De la vida y de cualquier película.

SEIS
Las personas pasamos por el mundo y después quedamos vivas en el recuerdo de quienes nos conocieron. Quedamos en la casa de nuestra infancia, en las calles de nuestro pueblo, en una hija, unos amigos. En todas las cosas que alguna vez amamos.

Agüero quedó también en una cantidad de libros que llevan su nombre. Hay una obra escrita y desde hoy una película que habla sobre su creador. Ojalá la experiencia de mirarla logre tender ese puente sagrado entre la película y la vida. Alguien que ahora sabe que existió y apenas sale de la sala o apaga el tele, se encamina en la misión de encontrar alguno de sus poemas publicados.

Sobre El tono, de Fernando Lacolla.
A los días de tormenta y de calma que compartimos juntos,
y a nuestra paciencia inmensa que nos regaló esta bella película.

 

el_tono_fin_montaje

 

Motivaciones

lo que nos lleva a hacer una película:

el deseo de que exista
porque creemos en ella
el amor al cine
como los buenos hijos que somos de él
la necesidad de compartir
algo que queremos decir
la valentía de enfrentarnos a la pregunta:
¿quiénes somos?

se nos queda una parte de la vida
en cada película que hacemos

por eso atención
dos veces atención

que ningún pájaro negro
nos quiera vender
mezquindad por coherencia
ni egocentrismo por humildad

Un día como este

A 41 años de la fuga del Buen Pastor

Debió haber amanecido cerca de las ocho. Quizá el sol entró apenas por una de las ventanas que daban al patio interno, con esa tonalidad amarilla y pálida que tiene el sol en otoño. Debieron levantarse y lavarse los dientes con el agua fría de los baños. Las que sabían, debieron sentir que el tiempo pasaba despacio, como si hubiera muchos días dentro de ese solo. Debió haber hojas secas de los fresnos y plátanos en las calles de Córdoba, como todos los otoños, solo que ellas hacía tiempo que no veían los árboles, por esos muros que las separaban del afuera. Las que no sabían, se iban enterando. Y la decisión se tomaba en el momento: irse o quedarse, sin dudar. Debieron estar sus abrigos preferidos colgados en los roperos de su casa. Debió estar helado el aire y salirles humito de la boca cuando fueron al patio a lavar las sábanas. Debieron tener poca energía, porque venían de una huelga de hambre de veinte días. Ya decididas a irse, las que se iban, debieron anhelar todos sus afectos. Un abrazo sin cronómetros, una comida de domingo. Debió ser muy fácil recordar el número asignado para hacer la fila. Debió ser duro quemar y romper las pocas pertenencias que tenían para no dejar ninguna evidencia. El diario del sábado anunciaba un eclipse de luna y un tedeum de 25 de mayo. Pasaba el mediodía y el último almuerzo de todas juntas, la siesta secaba sábanas al sol. Debió haber aumentado la ansiedad mientras caía la tarde y también el miedo, pero más la fuerza. Debió haberse instalado una noche fría y de luna llena, como la que tendremos hoy, cuando dieron las ocho en punto. Las que se iban, casi todas, estaban ensayando una obra de teatro por la fecha patria. Debió escucharse la señal de la bomba de estruendo que marcaba el inicio de la operación y debieron sentir entonces que no estaban solas, que sus compañeros habían trabajado generosamente para ellas. Debieron agradecer las sábanas en la soga, que las cubrieron de la guardia de los techos cuando tuvieron que correr. La cocina debió estar más fría y oscura que nunca, y la ventana debió parecer un hueco de luz. Debieron ser eternos los segundos desde que rompieron los vidrios hasta que llegó el turno de saltar. Debió ser inolvidable y necesario sentir el aire puro del afuera. Y la libertad, otra vez.

 

Analogías

Córdoba nunca supo del mar. Quienes somos de esta parte del mundo, crecimos con las sierras tan cerca como si fuesen un patio de verano. Las conocemos bien, sus calles de tierra pedregosas, sus árboles mezclados entre lo nativo del poco monte que queda y los árboles foráneos: pinos, eucaliptos, siempreverdes.

En mi historia, enero también fue siempre las sierras, porque la familia de papá tenía una casa en Anisacate que se llamaba La Macana, a donde íbamos precisamente ese mes. Mi recuerdo de ahí son los eucaliptos gigantes llenos de loras que gritaban, con sus nidos de espinas que se veían de lejos. Mis hermanos sacando las honderas y yo largándome a llorar. Un clarín de guerra con flores naranjas creciendo sobre una columna, que fue la primera planta que me regaló mi abuela adentro de una latita.

Mi bici azul con la que aprendí a andar sin las ruedas del costado, tirándome por la bajada de atrás. La galería llena de bolitas amarillas de paraíso, la mesa de ping pong siempre armada, las moras negras y dulces. Las canciones de José Luis Perales que yo cantaba a los seis años mientras una cámara Hi-8 me filmaba. La noche llena de luciérnagas y tuquitos de ojos verdes prendidos como linternas. El río torrentoso y bello de esa parte de la sierra.

Todo eso era para mí La Macana, hasta que cumplí nueve años y mis papás se separaron. Entonces dejamos de ir y la casa se vendió.

Por lo visto, para Dari los eneros también eran las sierras, el río y una casa familiar querida. Es como si lo entendiera bien recién ahora, después de escucharlo contar que a esa edad (la de Valentino en la película, la mía cuando veraneaba en La Macana) él también temía que sus papás se separaran. Las sierras y los fantasmas de la separación. En mí, en él, en la película.

PRIMERO, CONOCERNOS

La primera vez que vi el corte de guion que Dari había hecho, supuse que debía haber mucho de autorreferencial en esa historia. Ese punto era lo que más me interesaba del material. Por qué el director necesitaba contar eso, desde qué lugar lo hacía. Éramos totales desconocidos entonces. Yo sabía de él por Nadir, que siempre lo nombraba y era su gran amigo. Y por el Fer, que le había insistido en que me propusiera participar del montaje.

Cuando nos juntamos a charlar sobre lo que había visto, quise sacarme la duda y le pregunté cuánto de la historia tenía que ver con él. Me paralizó la respuesta: casi nada. Eran su tío y su primo, era la casa de su familia. Pero la historia tenía más que ver con ellos dos que con él mismo.

No sé bien por qué, pero si me hubiera dicho «es algo que me pasó de chico», creo que me habría sentido más tranquila. En ese momento creí perder mi único posible punto de identificación. Había para mí una distancia inmensa con la historia.

Yo venía de trabajar en películas con muchos personajes femeninos y, de repente, Primero enero hablaba de un universo enteramente masculino. Entonces tuve que mirar a mi alrededor para entender a esos personajes. No puedo de otro modo. Necesito saber quiénes son, qué los moviliza. En algún momento pensé que podrían ser mi hermano y su niño (¡el Valen tenía gestos tan parecidos!). Algo de ese mundo más conocido para mí resonaba en estos personajes, y fue importante para creerlos un poco más cerca.

Nunca recordé, en ese momento, mis eneros en La Macana.

EL CINE Y LA SENSACIÓN DE VERDAD

Sucedía algo casi mágico entre este padre y este hijo: lo son en la vida real y en el cine, aunque no sean actores de oficio. Allí se nos abría la primera posibilidad de construir y cuidar lo verdadero. La línea de acción era bien simple: Jorge y Valentino pasan unos días en la casa familiar de las sierras. Los padres se están separando, la casa se está por vender y ellos han viajado allí para llevar adelante una tradición familiar que hacen todos los hombres y que se transmite de una generación a otra.

Esa lista de «cosas por hacer en las sierras» (pescar, subir una montaña, matar un cabrito) era la excusa narrativa que guiaba el orden de las escenas y que estructuraba todo linealmente. Entonces la historia se hacía demasiado predecible. El primer desafío era cómo desarmar esa linealidad sin perder de vista la idea del mandato familiar.

Tuvimos una etapa de deriva, sin saber bien a dónde íbamos con la película. No sé si se puede editar sin transitar ese momento.

Pero desarmar lo lineal nos dio mucha libertad y nos permitió concentrarnos en eso que ahora nos parecía el punto central: cómo resguardar lo verdadero del vínculo entre ellos. No sé si existía lo falso, pero sí las cosas que distraían. Siempre se llega un poco a ese dilema de la verdad en el cine. Las formas de establecer un diálogo con lo real, como dice Fontán. El documental y la ficción no son más que eso: modos de acercarnos a la realidad. El padre y el hijo eran reales en la vida, pero ¿cómo podíamos llevar eso a la película sin que dejara de ser real? El plano nos lo iba a tener que decir. Lo verdadero, ¿se vislumbraba o no en el plano? En esa dirección nos pusimos a trabajar.

NOCHE DE ESTRENO

Estábamos en el Bafici y yo salía de ver una película iraquí que estaba en la Competencia Internacional. Al terminar la función, su directora –que tenía algunos años menos que yo– apenas podía responder a las preguntas de los espectadores. Eran personales, estéticas y políticas. Parecía que nunca se las había hecho a sí misma. Me pareció triste eso, que una directora no se hiciera las preguntas esenciales antes de encender una cámara.

Faltaba menos de una hora para la proyección de Primero enero y al salir vi en el hall a Jorge y Valentino, a quienes ya sentía conocer bien a pesar de no haberlos tratado nunca en persona. El Valen estaba más grande y hermoso. Intenté explicarle, pero creo que no terminó de entender lo que era trabajar en la edición. Su papá, sí. Tuvimos un breve diálogo, donde lo vi amable y tímido, como en la película. Fue importante para mí ese encuentro, volver a la vida los personajes, mirarlos como personas por fuera de la pantalla. Entonces vino la función. La sala hermosa y gigante, un espectador de honor –Víctor Hugo Morales–, mirar la película terminada por primera vez, después del trabajo bello y minucioso de los sonidistas y el colorista.

Pasan muchas cosas en un año de la vida, que fue el tiempo transcurrido desde el corte final hasta este día. Desde esa distancia en el tiempo, debí volver a reconocerla, como una vez me pasó con Miramar. El reencuentro fue amoroso y dulce. La sala me devolvió una película nueva, de cadencia suave y tranquila, de personajes firmes y definidos. Un niño que toma pequeñas decisiones, un padre que lo adora y lo cuida. El pasar de los días allí, compartiendo todo el tiempo de todos los días, en ese ir y venir entre el entendimiento y la confrontación.

Esta película, su director y sus técnicos, abren para mí una etapa nueva de mi trabajo. La sensación de que nos vamos encontrando con las personas correctas.

 

macana

 

El adentro y el afuera

Estaba pensando:
depende completamente de mí
lo que miro, dónde estoy,
lo que hago a mi alma.
Jonas Mekas

Haber habitado una isla, simbólica. Tenía una pared de color verde, una silla naranja y una bella puerta ventana, el único contacto real con el afuera, que debía estar cerrada para que yo pudiera trabajar. En ese diálogo solitario entre mis ojos y una pantalla luminosa, pasé los últimos cinco años.

Un día abrí la puerta, subí a un avión y conocí uno de los países más hermosos del mundo. Allí la vida brota a borbotones, en las palabras de castellano nuevo, en los hilos coloridos de todos los bordados, en los rostros originarios y los cabellos oscuros, en el respeto profundo por el otro, en cada agua dulce y salada.

Hace justo diez años, la puna catamarqueña y mis pies me hacían dar los primeros pasos dentro del cine y de mi nueva vida. Esta vez es otra cosa la que se abre, frente a una ventanilla de avión y ante un cielo que en el día, la noche, las nubes o el azul no deja de maravillarme.

Y a unos miles de kilómetros aún, con mi cuerpo y mi corazón ya regresando, vislumbro una nueva isla posible, a la que en adelante preferiré llamar sala de montaje, con una mesa de color rojo y mi gatita durmiendo sobre mi falda. Y de nuevo mis ojos. Las imágenes. Los sonidos del mundo. Y saber que hay viajes posibles.

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El sol no salió porque aún no lo oyó

Al tiempo lo podemos medir en meses y semanas. Lo podemos mirar en cosas que nos pasan. Gallos rojos se llevó un trozo enorme de mi vida, en el sentido más profundo que eso puede implicar: el del placer de hacer lo que elegí y vivir de eso, el del trabajo comprometido hasta las últimas consecuencias y el de todo lo que sucedió en mis días mientras tanto.

Un amor, una primavera entera, una nueva compañera de casa, festivales a los que no pude ir.

Editar un proyecto así implica sumergirse de lleno en el montaje, con la misma entrega que tienen los técnicos en un rodaje. Son dos cosas que se parecen mucho, con una diferencia: aquí, buena parte del tiempo transcurre en soledad.

He habitado el calendario con dedicación exclusiva a esta sola tarea, dejando todo lo demás para después, salvo los afectos y el cine. He sentido también la angustia de no llegar, de que los días pasen y avancemos menos de lo previsto, de volver a pensar que la tele es más tirana. Aun así tenemos varias conquistas, y las cosas son lo que quisimos: logramos tender ese puente entre lo narrativo, lo estético y lo ético. Y nos encanta.

Primero se fue Doblevé, después se fue él y pronto se irá mi concubina. Todo parece ser parte de lo mismo, de ir dando fin a este ciclo intenso y poderoso, para abrir paso a lo que vendrá.

Doblevé

Esta noche es la última de Doblevé en nuestro patio. He pasado tres meses cuidándolo, uno menos de lo que llevo editando la serie. Cuidarlo significa sacarlo todas las mañanas de su jaula, limpiarla cuando junta olor, cambiarle el agua y la comida, comprar el alimento en la forrajería del barrio. Cuidarlo también es cumplir una serie de rituales cotidianos, en los que mi llegada y partida de la isla de edición son también el inicio y el fin de su tiempo en libertad. Lo primero que hago es ir a buscarlo al galponcito del fondo, escucharlo cacarerar mientras me acerco, sacarlo de su jaula en un movimiento rápido que fui perfeccionando con el tiempo, en el que entendí que siempre se retobaría un poco porque eso forma parte de su naturaleza de gallo. Estas últimas semanas incorporó un nuevo momento, que es hacer como que me persigue mientras vuelvo a la cocina, corretear a toda velocidad y frenarse en seco cuando ve que estoy por cerrar la puerta. Es gracioso cuando se detiene, porque se patina con los mosaicos que están hechos para zapatillas y no para patitas de gallo. Entonces da media vuelta y se va, mientras yo me interno en la isla de edición y empiezo mi jornada. En el monitor me la voy a pasar mirándolo a él, en planos dedicados a su bella figura o en otros donde aparece a upa de los hermanos Bolten. Mientras, Doblevé canta en el patio, con esa voz ronca que da ternura y que se le fue limpiando un poco con el tiempo pero ahora se volvió carrasposa otra vez. A veces respira agitado como si le faltara el aire y otras le late fuerte el corazón. Le gusta más el maíz que el balanceado, no le molesta la lluvia, picotea todo lo que encuentra. A mí no me da miedo Doblevé, no es que crea que eso es heroico ni nada, pero me divierte que a otros compañeros sí los asuste un poco. Igual lo entiendo porque no deja de ser un gallo, y los gallos son poderosos, y él tiene esa cresta roja de guerrero y porte de soldado. Decía que mientras lo veo en el monitor él se la pasa cacareando en el patio. Ahora hizo un huequito debajo de la palta porque tiene buena sombra y a veces aparece ahí como si estuviera empollando huevos. El Mati dice que se comió todas las lombrices del compost, yo nunca lo vi hacer eso, pero la verdad es que deben ser un manjar para él. Y aunque no entiendo bien la vida de los gallos, puedo decir que parece estar feliz, aunque esté solo y el patio sea chiquito. Cuando va a caer la tarde, Doblevé busca la altura y se sube a la ventana de la cocina, porque en el patio no tenemos árboles grandes. Esto coincide con el fin de mi jornada, entonces salgo a buscarlo y lo espanto un poquito para que baje al lavadero, así puedo agarrarlo mejor y trabarle las patitas con mi mano izquierda, porque él se resiste un poco siempre y sus patas son grandes como la mano de un niño. A veces tengo que irme y él todavía no se subió a ninguna parte, entonces lleva adelante otro ritual que consiste en hacer como que se escapa de mí y terminar esperándome. Primero corretea debajo del tráiler y las matas de burro, y después se queda quieto como si alguien le hubiera detenido el paso. Aún no sé si le gusta o no estar a upa, pero un poco de placer le debe dar, porque enseguida se calma y empieza a mirarme de costadito. Igual no estoy segura de que me mire a mí, porque en el fondo de sus ojos no sé bien qué hay. Yo lo quiero a Doblevé, y aunque él no sepa de su gran trabajo en nuestra serie y quizá ya ni se acuerde del rodaje, no esté al tanto de su fotogenia y de que todos los que ven los capítulos quedan encantados con él, no importa eso ahora, solo importa que viva más acompañado y más libre.

3

Personajes encontrados

He comenzado a creer que las imágenes de archivo que guardo en los discos de Gallos rojos son de lo más hermoso que he tenido en años.

Recuerdo algo que me dijo Hermes una vez. Él andaba terminando su película Yatasto y yo editando mi primera serie documental, que se llamaba Nosotros campesinos. No era común que nos viéramos solos, pero ese día pasó por la isla de edición un ratito. Mi monitor tenía una imagen en pausa: era un plano corto de una mujer que recolectaba flores amarillas. Yo justo estaba queriendo cerrar un clip de final de bloque y me había acostumbrado a tratar esas imágenes como si fueran objetos. Dado que durarían muy poco, para mí debían ser bonitas y ya.

Hermes comentó que era una bella imagen, a lo que respondí que sí, que era hermosa, pero lo triste era que solo iba a durar dos o tres segundos. «La tele», decía yo, como si supiera. Y entonces Hermes, con toda su claridad, me dice: «Pero una imagen debería ser siempre una imagen, ¿no?». Una imagen debería ser siempre una imagen. Y ese debería ser un mantra para quienes trabajamos con ellas.

Creo que las editoras deberíamos aprender a ser más libres. Por suerte, trabajo con los directores de Gallos, que se aparecen con una propuesta encantadora: vamos a intervenir el archivo. Eso significa hacer lo que yo quiera con él. Entonces se abre el juego: puedo elegir un segundo de imagen y diseccionarla en sus 25 cuadritos, tomar una tijerita y recortar los bordes del costado para que se vea más de cerca a ese obrero ferroviario saliendo del taller, que de otro modo hubiera sido apenas una manchita negra e irreconocible en la esquina del cuadro.

Puedo modificar el tiempo, ralentizar, acelerar, detener, invertir la velocidad para que el movimiento se vea al revés. Espejar, superponer imágenes, una encima de la otra. Acercarme mucho a alguien que aparece en un pedacito del cuadro.

Alguien. Una persona equis que fue filmada en la calle, en su trabajo, en un acto callejero. Puede haber estado caminando, operando las máquinas de la fábrica o apoyando a su líder político. Siempre el registro es en el escenario de lo público. Y allí nadie elige ser filmado sin saberlo. Pero a principios de los años veinte, hay que ver quiénes tenían una conciencia real de lo que significaba ser mirado con una cámara.

Entre toda esta belleza blanca y negra encuentro una secuencia de imágenes de gente que se acerca a una carreta, donde llegamos a leer «FÁBRICA DE GALLETAS». Les entregan unas tortillas, hacen fila para eso, luego se van. Hay otro plano donde una olla popular humea y sirven porciones de comida a quienes las piden. Todo esto sucede en cuatro o cinco planos, que duran unos quince segundos en total. Es llamativo ver la vida callejera de esos imprecisos años veinte, la manera de vestirse, los peinados, todos los hombres con boina.

Ahora, esos cinco planos son mi materia prima. Me acerco, reencuadro, busco rostros. Son muchos que van y vienen, miran a cámara, algunos no entienden, a otros no les importa que los filmen mientras ya tengan su tortilla en la mano. Ralentizar me hace notar que todos andan medio tristes, y en eso descubro un personajito que aparece en todas las imágenes. No sé calcular su edad, podría tener unos 13 o 14 años. Quizá era más chico y parece de más. Pero lo cierto es que él está siempre, ha calculado desde dónde hasta dónde tiene que caminar para entrar en cuadro. Aparece en los planos generales, en los medios, en los cortos. Siempre entre la multitud: mira a cámara y sonríe.

Este niño anónimo logró robarse todas las cámaras de aquel noticiero mudo, y haberlo descubierto es un hallazgo de la operación de trabajo sobre la imagen. Ya han aparecido varios personajes más, como el obrero sobre la vía de tren que fuma de espaldas mientras llega la locomotora o el capataz con sombrero que mira una manifestación.

Vuelvo a pensar en la libertad, en la imagen considerada como found footage en lugar de como objeto y en que eso sea una decisión. En cada plano como verdadera materia viva, capaz de convertirse en un montón de imágenes nuevas y develar cosas que, de otro modo, no veríamos.

En la tele, en el cine o donde sea, vuelta al mundo después de renacer, toda imagen debería seguir siendo una imagen.

Cerca o lejos

Editar para televisión es un trabajo exigente. Se cumplen jornales como de fábrica, se trabaja con la rudeza de un carpintero que necesita convertir un tablón en un cajoncito. Pienso en todo el material que tengo y lo pongo sobre la mesa para tratar de reconocerlo. Entiendo que tiene distintas naturalezas: la ficción de los hermanos Bolten, el documental y las entrevistas, las marionetas en su retablo, el archivo fílmico que yo misma elegí, el archivo gráfico de diarios y fotografías.

A cada naturaleza le corresponde un color, pero todo eso no es más que una cáscara, una estrategia de ordenamiento a los fines prácticos. Porque luego viene la realidad de lo que esos materiales nos ofrecen. ¿Les creo a los actores en esa escena? ¿Qué tan interesante o conmovedor es eso que dice el entrevistado? ¿Cómo se hace para convertir su cadencia dudosa y sus palabras estiradas en una frase segura y clara? El contenido, la información de lo que dice, ¿me alcanza para construir lo que necesito o será necesario guionar una voz en off?

Me doy cuenta de que hablo como si todo fuera mío. Creo que hay un proceso natural de apropiación del material, un asumirlo propio como si fuera yo misma quien hizo la dirección, la producción, la foto, el sonido y el arte de cada plano que tengo en mi proyecto. Siento que todo me pertenece y es mío mientras siga siendo la editora de este capítulo (ahora que pienso, quizá de allí venga la gran angustia de imaginar que otro editor va a continuar nuestro trabajo: de que nos quiten lo que es nuestro). Es mío porque me importa. Y porque necesito tener una licencia de trabajo sobre él, saber que hago lo que quiero con tal de aproximarme. Y me he ganado este lugar, porque en la soledad de mi isla de edición me toca resolver los problemas irresueltos del rodaje y tomar decisiones que nos ayuden a vislumbrar posibilidades con los directores.

Yo sé que dentro de cinco o seis días, todo eso estará más cerca de llamarse capítulo. Sé que alguna vez, cuando sea emitido por la tele, voy a volver a mirarlo y no voy a poder identificar dónde estuvo mi mano, qué dependió de mí o se amalgamó de manera mágica para convertirse en el capítulo que es.

«El montaje es un trabajo aproximativo», me digo siempre a mí misma. Es la única manera que encuentro de seguir confiando. Recorto los brutos y estoy más cerca. Armo paneles de estructura y estoy más cerca. Arribo a un primer corte y estoy más cerca. Lo veo con los directores y estoy más cerca. Así, en ese orden.

Pero ahora, después de preseleccionar entrevistas, armar cada escenita y un primer corte de no-guion (porque en el documental siempre será así), me reconozco perdida en la mitad exacta del camino. Corro el riesgo de naufragar. Allá en el horizonte, el cielo se confunde con el agua y no logro visualizar el futuro de estos materiales atomizados como cápsulas, tan distintos entre sí como los colores que elegí para identificarlos en mi línea de tiempo.

Me tranquilizo. Recién es el día dos o tres de edición de este capítulo, y, por esa hiperactividad de los crueles cronogramas de TV, sé que no pasarán más de dos o tres días para que el emulsionante mágico comience a hacer efecto, para que vaya apareciendo ese hilo breve y fino que comienza a unir ideas, ritmos y recursos estéticos de manera sorprendente.

«Es un trabajo aproximativo», me repito.

Doblevé es el gallo que da nombre a la serie, y como ya terminó el rodaje se vino a vivir con nosotros al patio de El Calefón. Esta mañana estuvo cantando. Tiene voz de gallo viejo y una dulzura inexplicable para un animal así. Ya está cayendo la tarde y estamos solas con Anita. Sentimos a Doblevé caminar por el living: nos viene a buscar para que lo llevemos a su jaula. Él necesita eso para terminar su jornada. Lo llevo y cierro mi proyecto también. Será hasta mañana.

Archivoloteando

No es la primera vez que mi trabajo sucede en soledad y en paralelo al del resto de mis compañeros. Mientras ellos filman su Día 1, yo me siento a mirar pantallas luminosas. Pero ahora es especial, porque he viajado 700 kilómetros al sur para adentrarme en el archivo más grande del país.

Hay que tomar el subte B en hora pico, viajar apretujada, bajar en estación Alem, cruzar una avenida de ocho carriles. Llegar a puerta alta de edificio bello y antiguo, saludar a viejita que se alegra al verme entrar. Tiene una lapicera en la mano y va a poder llenar el primer nombre de la planilla de hoy. Lo escribe en cursiva antigua, dibujando la T con un rulito, como hacía mi abuela Elda. Me pide el DNI y me explica que solo puedo ingresar con papel y lapicera, que tome el segundo ascensor al piso uno.

Al llegar a la sala de consulta, no es más que una habitación con mesas largas y computadoras encendidas. Cada una tiene un auricular barato colgadito en la esquina del monitor. Y eso es todo. Desde el fondo viene una señora que me explica el mecanismo de búsqueda, dónde escribir la palabra clave, cómo reproducir los videos.

Tipeo lo primero de mi larga lista. Son términos genéricos como «revolución cubana» o «segunda guerra mundial». No aparece casi nada. Continúo con los nombres propios de personajes relevantes de la época en que suceden los capítulos. Claro, estamos hablando de Córdoba. No, no aparece nadie. Sin resultados.

Admito mi decepción inicial, redirecciono la búsqueda y empiezo a entender que la cosa está en no ir directo a lo que necesito, sino más bien en rodearlo como un satélite. Van apareciendo las primeras cosas que me interesan. Está lleno de noticieros de variedades, sobre todo de 1920 y 1930, y me conmueve un poco ver personitas reales de entonces, sus sombreros, sus tapados de piel y las boquillas para fumar. Solas, sin sonido siquiera, van construyendo con claridad la pertenencia a cada clase social. El poder y la clase obrera. La burguesía y el pueblo trabajador. En el tiempo libre también se observa la diferencia. Aparecen unas imágenes hermosas del zoológico de Córdoba a principios de siglo, la gente pasea un fin de semana, hay elefantes y tigres, algún camarógrafo los filmó en sus jaulas. Luego un tren recorre casi todo el país, llegamos a Córdoba desde los ojos de Buenos Aires, las vías atraviesan las sierras y llegan a mi ciudad cien años atrás.

La libertad de visionar así el material se va haciendo encantadora. Por momentos la idea del archivo ilustrativo me vuelve como un deber incumplido, pero entiendo que debo confiar en la amplitud. En este premontaje imaginario, donde seleccionar las imágenes lleva quizá tanto tiempo como editar, solo que aquí las herramientas de corte no son las cuchillas del Premiere, sino unos numeritos escritos en forma de código de tiempo.

Me duele, sí, no haber encontrado un concierto de Osvaldo Pugliese o alguna imagen que remita a la organización anarquista. Pero, al otro día, el azar está de mi lado y aparecen no solo la actuación de la orquesta de tango, sino también un muñecote de Alfredo Palacios, un sello cinematográfico que se llama Gallo y una asamblea del Partido Socialista a principios de siglo, donde se observa que la mujer no tenía participación política y que los señores fumaban como chimeneas mientras discutían sus ideas. Ya encontré trenes, banderitas flameando hacia la izquierda, actores que hacen de inmigrantes llegando a tierras argentinas y gente en el puerto que agita pañuelos blancos.

No sé si es el corazón de los archivos, pero sí una ventana a otro tiempo. Podría pasar largas temporadas mirando y rasgando estos materiales, pero mis días son escasos y debo ser concisa. Finalmente he llenado diez planillas y seleccionado 65 minutos puros, número del que me entero gracias a sumas de segundos y divisiones sobre sesenta.

Siento que soy afortunada de estar allí, habitando ese edificio hermosísimo lleno de espejos y escaleras de mármol, de poder elegir mi futuro material de trabajo. Pienso cuántos proyectos y productoras nos permitirán ese lugar a las editoras. Finalmente dejo el pedido de material junto al disco rígido y regreso a mi ciudad, como quien encarga un vestido hecho a medida, se lo prueba y espera a que la modista termine los últimos detalles.

Vinos, amantes y batallas

Un día, gracias a calendarios acomodados a mi favor y un poco de destino, llegó a mis manos el corte final de una película llamada La cuyanía. Filmada en San Juan, dirigida por una sanjuanina. Se trataba de su versión para telefilm, y se me daba la misión de convertirla en un largometraje. Lo curioso es que lo que definía el límite entre uno y otro eran solo 12 minutos de diferencia. No era cómo se concebían las imágenes o los tiempos, sino el metraje final. Lo otro que es curioso, es que yo no participé en nada de la edición de ese telefilm. Así fue como entré en escena a destiempo.

UNO

Primero miré esa versión acabada en sus 48 minutos de duración. La única pista que tenía para conocer a los personajes era lo que se veía, ya que aún no había tenido acceso al material bruto. Debí aprender a entender quién era quién y dónde sucedía cada cosa. Tomé notas, identifiqué puntos a los que volver, anoté preguntas para la directora. Eran algo así: el profesor de guitarra que enseña al niño con lentes, ¿es uno de nuestros personajes o no lo volveremos a ver?, ¿quién es ese señor de remera verde que sube las escaleras del Centro Cívico?

Era necesario llamar a las cosas por su nombre. Una vez recibidas las respuestas, emprendí ese trabajo de disección en papelitos y colores que se llama estructura. Pensé ideas, dónde comenzar a trabajar. Flor quería que editara tres o cuatro escenas nuevas, las anoté con atención, como quien hace bien la tarea.

Era consciente de que hay que aprovechar esa mirada fresca mientras todavía existe, modelar estructuras como si tuviéramos un hacha en la mano y no supiéramos (en ese momento es mejor no saber) que la directora y su editor originario estuvieron más de un año trabajando en ella, probando y sacando, hasta que llegaron a lo que vi y que primero ataqué en el timeline con una artillería de etiquetas de colores y estrategias de todo tipo para establecer mi orden allí dentro, llevando adelante un trabajo de ingeniería para modificar esa estructura perfectamente ensamblada del corte terminado.

Primer punto que identifiqué: los personajes de las viejitas eran hermosas, pero no se entendía ni quiénes eran ni de qué hablaban. A veces cantaban a cappella y recordaban melodías cuyanas, y ahí daban ganas de que cantaran siempre. Flor me cuenta que se trataba de Viviana Castro, conocida como la Calandria Sanjuanina, y su pareja Nidia. O sea que no solo eran mujeres en medio de ese mundo lleno de hombres, sino que además eran pareja y seguían juntas. Fantástico. Había que buscar construir todo eso.

DOS

Otra pregunta que me suelo hacer es si podría editar un proyecto con el que no sintiera ningún tipo de identificación. La respuesta, sin dudas, es que no. Por eso a veces hago grandes esfuerzos para encontrar desde qué lugar acercarme a esos universos que propone cada película, en principio, anchos y ajenos. En este caso me remití a mi adolescencia, cuando Eli me hizo conocer Radio Nacional y empecé a escuchar folklore. Yo percibía una dulzura especial en las tonadas, eso del punteo de la guitarra, como gotitas.

Luego resultó que en la película casi todos los personajes eran hombres, pero también eran amantes del vino: le dedicaban canciones, se lo ofrendaban entre ellos al terminar de tocarlas, se entregaban por completo a él. Yo amo el vino también. Era la tercera en cuestión, pero con esos personajes teníamos un amante en común.

TRES

Días después de haber visto brutos, haber editado escenas nuevas y conocido al Nene, Bence, Ernestito, Abelino, al Escopeta y a los lindos Cuyunches, creció en mí el afecto hacia esas imágenes, esos personajes y ese mundo que habitaban. Un universo constituido por la tonada, las serenatas, los cogollos, las peñas, el desierto, el viento zonda. Los Andes, allí cerca.

Siempre creo tener una razón para tomar las decisiones que tomo cuando presento una propuesta, pero a veces me encuentro poniendo palabras y justificativos en voz alta. Escuchándome, me pregunto cuánto de cierto hay en eso que digo y si tiene sentido seguir buscando cómo argumentar mi postura. Cuál es esa fina línea donde termina el criterio y comienza el gusto.

Para esto último realmente no tengo respuesta. Por eso cuando llegan a mi isla el director o la directora, me siento firme en mi silla naranja y doy play a la secuencia. Mientras vemos eso que ya conozco bien (pero para ellos es nuevo), acaricio despacito mi capa y mi espada. Me aseguro de que siguen ahí, de que voy a poder defenderme, porque la posibilidad de la guerra está cerca. Ellos comienzan a hablar. Entiendo que no estamos de acuerdo, pero escucho callada, me sereno antes de abrir la boca y trato de entender qué batallas vale la pena librar hoy.

Calefones y gallos rojos

hace diez años nos conocimos en la escuela de cine de la unc. el tiempo nos hizo ser amigos, después compañeros de trabajo y más tarde socios de una productora. sin haberlo imaginado nunca, la vida me trajo al barrio donde nació mi abuelo y donde estudió mi mamá, y que tan lejos queda de mi barrio natal.

un mes de abril nos instalamos en la casita de general paz y pasamos a ser «los calefones». por esa época solía quedarme sola cuando mis compañeros salían de rodaje o se iban a encuentros de producción. entonces regaba las plantas en el patio estallado de verano, mientras todos andaban por el puesto filmándola a hortensia.

después vinieron otros lugares a ocupar, otros roles. decidí dejar mis estudios y dedicarme de lleno a la productora, donde empecé siendo la «encargada de la videoteca», que en esa época seguía teniendo vhs además de dvd, y cuyo objetivo era organizar y resguardar las películas que iban llegando a nosotros y nos gustaban, o que pasábamos en la quimera, o digitalizábamos por ser inencontrables, como los cortos de ana montes. mientras tanto, íbamos delineando nuestro primer largometraje, criada.

luego iniciamos la producción de buen pastor, donde hicimos la dirección junto con mati. y si bien él se encargó de la edición, creo que fue allí donde empecé a comprender lo que era el montaje: además de haber visionado horas y horas de entrevistas que nosotros no habíamos filmado, iba por las mañanas al archivo fílmico a seleccionar imágenes. llevaba palabras anotadas (ciudad, catedral, allanamiento), y con eso buscaba en un índice y me disponía a mirar en blanco y negro, eligiendo de manera precisa y timecodeada, porque cada minuto valía muchísimo y el presupuesto era escaso. luego llevaba esas imágenes a la isla y mati las editaba, pero yo notaba que al seleccionarlas las había montado en mí de otra manera, y ahí empezaba a entender de qué se trataba todo esto.

en algún momento estrenamos buen pastor, después vino yatasto.

así pasaban los meses y los años, en esa tarea de ir construyéndome como persona y encontrar mi lugar dentro del cine. y sucede que, justo cuando empezaba a entender que era el montaje ese lugar donde quería quedarme, ganábamos un premio de la televisión digital para realizar nuestra primera serie, que se llamó nosotros campesinos y que fue nuestra puerta de entrada al mundo de la televisión documental.

cuatro años después, celebrando nuestra primera década juntos, nos llega la noticia de que hemos vuelto a ganar para hacer una serie, que esta vez se llama gallos rojos. entre notas para la voz, spots sobre la retrospectiva y preparación de la charla «mirar su vida», hacemos reuniones larguísimas y de carácter profundamente colectivo, donde no tenemos un rol sino que somos parte del total, y ahí es donde ser calefones es distinto de ser ezequiel, ana, juan, matías o lucía solos.

y quizá todo esto me emociona porque hoy logré terminar el cronograma de post de la serie, que es un cuadro inmenso lleno de colores pastel y numeritos del uno al ocho, y mirarlo fue como ver de una sola vez todos los meses que vendrán hasta diciembre, y saber que de lunes a sábado voy a editar y voy a estar feliz con eso, aunque quizás no pueda ir al festival de mar del plata y casi entreguemos los masters junto con la nochebuena.

siento que todo irá bien si volvemos a hacer televisión entre nosotros, gallos rojos libertarios, mirando desde adentro cómo fuimos creciendo en lo que cada uno hace y en lo que el calefón es.

Volver a mirar

ruta de tarde 2

hay algo de suavidad en la imagen de nuestra propia vida cuando la miramos desde una camioneta en la ruta. con el compañero juan, recorremos la autopista a bafici entre charlas eternas y fuera del tiempo.

nunca he sido una chica de mundo. más bien de ciudad, con los pies —demasiado— firmes en la tierra. por eso el cine fue siendo una manera de viajar también, de habitar lugares y realidades de otros. sentada en butacas interestelares entendí que la cosa está en situarnos frente a frente con una historia cualquiera, y saber que en el fondo siempre vamos a estar un poco frente a nosotras mismas.

esta vez, eso es literal. la pantalla gigante me devuelve mi propia imagen de hace un año. miramar se está estrenando en el bafici, y yo la veo terminada por primera vez, con color, con mezcla, con títulos. desde el corte final, la entregué y no volví a verla nunca. pasaron muchos meses desde eso, y ahora parece una hija que vuelve a casa después de un largo tiempo: tenemos que reconocernos de nuevo.

con esa distancia, la miro y pienso que ajustaría un corte, sacaría un plano. quizá tomaría otro tipo de decisiones. o tal vez todo eso no sea cierto, y solo lo pienso para justificar que no me estoy encontrando con la película como quería que sucediera.

necesité volver a mirarla en otra función, ya más calma y menos apegada a mis deseos de lo que tendría que haber sido. esas imágenes, esos sonidos, esa cadencia. decido hacer ese esfuerzo: aprender a querer esta película tal cual es, igual que hacemos con las personas.

me llegan varios comentarios de compañeros cordobeses. hay una suerte de virginidad ante los primeros espectadores conocidos que nos dan su mirada. requiere de mucha valentía escuchar una devolución sincera cuando ya no podemos cambiar nada.

también leo críticas publicadas. algunas son sensibles y hermosas. en otras, no deja de sorprenderme la obstinación con que se pretende desglosar la película en la suma de sus partes. personajes + espacio + historia + conflicto. todo debiera ser predecible y estructurable. ¿un conflicto? no podría escribirlo seguido de dos puntos. si quisiéramos usar tantas palabras, haríamos poesías y no películas. aquello que nos conmueve no se explica como una ecuación.

pero no se discute con los espectadores y los críticos. solo se los escucha, porque siempre será necesario disentir para hacernos preguntas sobre nuestro propio quehacer.y un poco nos hemos dejado a nosotras mismas ahí, en esa película terminada, en eso que éramos y ya no somos.

Dulce espera

hace pocos días comenzó el otoño y este lunes de semana santa anuncia complicaciones inesperadas. todo ha sido difícil hoy. el plan era: terminar el dcp por la tarde, llevarlo al servidor del cine, dejarlo allí copiado y verificado, irnos a dormir tranquilos hasta la función de mañana. íbamos a ir a la sala como quien asiste a la première de su propia película. íbamos a verla terminada por primera vez.

a eso de las seis, viajo a bordo de un trolebús, me bajo en el centro, cruzo el río, camino hasta barrio cofico. llego a la casa donde viven julia, ezequiel y fermín, que sería lo mismo que decir: la directora, el colorista y su niño, en donde, por alguna razón, se encuentra la herramienta de trabajo que está llevando adelante el conformado del paquetito de cine digital.

al llegar, eze me habla de las demoras. pensamos juntos en los procesos que faltan, hacemos cálculos de tiempo aproximado. nos ponemos en contacto con la amable proyectorista de la sala, que tiene toda la intención de esperarnos.

van pasando las horas y quedan menos procesos por delante. la barrita azul del render avanza, indica porcentajes cumplidos. es hora de cenar y cenamos. yo supongo que terminaré durmiendo allí, juli me prepara el baño y me presta una muda de ropa. entonces me lavo el día del cuerpo, en esta casa que es la misma casa donde nació fermín y donde está naciendo la primera copia terminada de nosotras × ellas.

ya son las diez de la noche, ha comenzado a llover despacio. nuestra hacki emigrada de su isla natal sigue conformando archivos y videos, en ese mecanismo mágico que transforma millonadas de ceros y unos en imágenes de mujeres rubias que se parecen y sonidos de viento y otra cantidad de belleza. todo eso es importante y emotivo, por eso no nos detenemos a pensar en el cansancio acumulado de las últimas semanas, y en que la noche sigue avanzando, sin más novedades que una nueva barrita de render azul de otro proceso que acaba de iniciarse.

fermín duerme en la habitación. el eze hace guardia frente a los monitores.
con la julita, en la cocina, esperamos juntas. en silencio.

En doblaje

casi un año después del corte final, ya con algo de financiamiento disponible y buenas noticias festivaleras, iniciamos con julia el camino de volver a pensar la película. esta vez, sonoramente. asisto emocionada a este nuevo momento de la creación que siempre sucede después de mi trabajo, y en el que suelo entregar ciegamente el fruto de todo ese tiempo a una persona nueva: el sonidista.

por lo general, tenemos entre nosotros un diálogo silencioso, hecho de decisiones tomadas de antemano: si yo uso un plano donde se ve una boca que habla, determino que allí debe escucharse sí o sí esa palabra, porque casi siempre funcionamos bajo la dictadura de la sincro. en contrapartida, el silencio y la ausencia de diálogo serán una página en blanco para nuestro nuevo integrante del equipo, más allá de lo que yo haya pensado al usarlo.

entre los tres, decidimos doblar algunas escenas, porque entendemos que es lo mejor para desenterrar tantos diálogos grabados con micrófonos lejanos y ambientes ruidosos. eso implica un verdadero trabajo de hormiga, y se parece bastante a un rodaje: hay que hacer preproducción y un casting de voces, cocinar, trasladarse. nos prestan una casa familiar hermosa, y allí acondicionamos el espacio con trípodes y paneles: queremos reproducir la acústica de la habitación de la casa de las tías, donde transcurre una buena parte de nosotras × ellas. aprendo palabras nuevas como «decibelímetro», un aparatito que se usa para medir el nivel de ruido presente en el espacio. finalmente nos vamos de doblaje, y comienza esa realidad paralela a la vida cotidiana en la que suspendemos todo por un tiempo y nos zambullimos sin dudar en una dulce convivencia con nuevos compañeros.

siento que no suelo tener muchos elementos sonoros a la hora de editar. sueño con mi propia librería de sonidos, porque veo una limitación evidente en eso, una falta de recursos, de lenguaje. como si me faltaran palabras. mis palabras también deberían ser los sonidos. por eso, despacito, voy construyendo una. así tendré dónde acudir la próxima vez.

en mis tiempos libres de la jornada de doblaje, pienso con frecuencia en esta seguidilla de decisiones por orden de llegada que tienen las películas. parece que siempre hay una decisión que antecede a otra. y el que más tarde decide, más poder tiene. el asunto es que a todos nos gusta tener un poco de poder.

quizá por eso el juego consista en entregarse. creer en el valor de nuestra mirada. y después, confiar en que la que siga a la nuestra será mejor aún.

 

Levantando campamento

-me llevo mi mate chiquito
-los tápers del último almuerzo
-un folio con estructuras sin completar
-las gotitas de los ojos
-un pendrive con el backup de los proyectos
-algún preeditado querido
-fotogramas que capturaba al editar

les dejo los guiones impresos
varios google drive con indicaciones
los discos espejados
la papelera de reciclaje vacía
sus auriculares sony, que me encantan
la sasha en el patio

 

Justo antes de que la película sea una película

siempre llega este momento.
es el final, el retoque fino, el detalle.
se precisa de mucha concentración.

ya tenemos una imagen coloreada,
un sonido mezclado en tres canales,
unos subtítulos a cadencia de 25 cuadros.

todo eso, entreverado gracias a la magia tecnológica,
llegará a ser nuestra película.
esa que va a verse en las salas de cine.
que ya no va a ser en fílmico,
porque el celuloide ahora es cosa de románticos,
de quienes siempre lo vamos a extrañar.

y nos guste o no,
aprenderemos a nombrar toda esa parafernalia digital:
el dcp, el mixdown, el framerate, los bits.
son cosas del oficio,
como abrir un gabinete y reconocer los discos rígidos,
saber cuál es la memoria ram, la placa madre.
todo eso que tenemos que saber-o-saber.

mientras tanto, afuera llueve la primavera
y se acerca la fecha del estreno.
cambio la cadencia de un subtítulo, cambio otro.
tengo paciencia de costurera.

 

Me reporto desde el mundo inoxidable

nunca me interesaron mucho ni los aviones,
ni los cohetes, ni las motos, ni los autos.
pero, de repente, se abrieron todos esos mundos nuevos.

está lleno de conocimiento, este material.
con él, aprendí a nombrar las partes de un cohete:
el fuselaje, la ojiva, las aletas.
aprendí el procedimiento protocolar de un vuelo de prueba.
y la historia de la escuela de aprendices
que estaba en la fábrica de aviones,
donde también mi abuelo trabajó.

y archivos…
¡ah!, cómo amé aquellos archivos
que viramos a un sepia amarillento,
donde cientos de obreros trabajaban muchísimo
mientras un locutor narraba esos sucesos:

«el avión es trasladado a la pista»,
(y los obreros lo empujan con su cuerpo).
«trabajando siempre con esmero, van armándose los modelos»,
y allí un trabajador que se parece a tosco
actúa como si estuviera atornillando algo.
en el medio de su tarea levanta la vista a cámara y sonríe.
es hermoso, nuestro tosco del instituto aerotécnico.
después tenemos otro obrero que se parece a fidel,
y es imposible no reírse cuando aparecen.

en plena edición del capítulo alfa centauro.
tengo todo el material visto
y pintado de colores,
como quien cocina una noche tranquila
y corta todos los ingredientes bien pequeños,
los separa en cazuelitas
y los deja listos para tirar al wok.

así van mis timelines.

todo esta ahí,
listo para cocinarse
y dejar de ser un pedacito de algo.

pero aún faltan varios días de trabajo sola
y otras jornadas enteras
con fer sentado a mi lado
mientras en la misma sala trabaja el compañero paolo,
y hacia las cuatro de la tarde
no puede resistirse más la siesta
sin unos mates de yerba orgánica para los tres
y algún paquete de cerealitas.

y el fin de la jornada nos llega de improviso,
meta reírnos de tonteras,
de que me gusta el obrero que se parece a tosco,
de que rubén franke se va caminando
y lo saludamos con la mano.

 

 

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Palabras para Jonas Mekas

“Vivo
y luego hago películas.
Hago películas
y luego vivo”.

Jonas Mekas

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Un noviembre, en un festival cerca del mar, te conocí. Tu última película fue la primera para mí. Es dulce ese misterio por el cual nos encontramos con un director o un film en un momento y no otro de la vida. Entonces, me hizo sentir cerca de casa y cerca de mí.

Hemos querido hacer este ciclo hace meses. Muchas cosas pasaron. Pero aquí estamos, firmes, dedicándote la proyección de tus propias películas así como vos dedicaste al cine del mundo tus hermosos diarios fílmicos. O películas-diario, o como le guste llamarlas a cada quien.

Debo decirte que no quisimos jugar a ser críticos de cine. De nada valdría hacer eso ahora, tomar distancia de tu película como quien estira la mano hacia el compañero de adelante de la fila. No. Creemos que la intimidad de tus films requiere de otro lenguaje para aproximarnos a ellos.

Es muy extraño eso de mirar la pantalla y tener la ilusión de saber un poco más quién sos, de dónde vienen tus dolores o deseos. Es esa forma del diario, la que nos hace creer. Un pequeño túnel que nos lleva hacia tu mundo más íntimo y cotidiano.

Siento que tenés una inquietud esencial, como la de los poetas. Los films que vi sobrevuelan siempre el tema de la memoria. Y aunque ciertamente es una operación de montaje lo que convierte en una película a esos recuerdos —materializados por la pulsión de encender la cámara, un día cualquiera—, no creo que por eso sea menos verdadera. Un recorte ordenado, hermoso y poético sobre lo que sucedió en tu vida. ¿Una ficción? Puede ser. Pero muy valiosa para resguardar tu historia. Y mirarla. Entenderla. Quizá eso sean los diarios. Una manera de compartir la vida de una.

Entonces habrá que hablar del paso del tiempo, del presente desde el cual miramos. La insistencia que tienen los recuerdos en arremeter de improviso, como destellos, como sueños. Como tus pedacitos de 16 mm montados a moviola en las medianoches. Se disparan, invaden un segundo, se esfuman. Así llegan todas esas reminiscencias. Son cien, un número redondito (otra ficción). Pero la película logra retenerlas, hacer que dejen de ser efímeras. Ese pasado se hace presente, se hace eterno en realidad. Existirá de ahora en más siempre que queramos.

Saberte vivo, habitando esta misma tierra y este mismo tiempo, no es poco. A tus 92 años y mis 28, coincidimos en una parte de la historia del mundo.

Creo que amamos la libertad. Bailar. Las flores, los gatos, la luz. El afecto en cualquiera de sus formas. Por eso para nosotros tu cine es una celebración de la vida. Casi como una oda, un canto. Elevar tu voz por sobre todas las cosas y decir: todo tiene sentido, todo vale la pena. Hemos resistido y estamos vivos.

Con cariño admirado.
Lucía del Cineclub La Quimera

En la línea de montaje

cada día de semana
comienza ahora como una pequeña misión:
debo amanecer antes que el sol, desayunar
y salir temprano a tomar mis dos colectivos.

es nuevo, esto del horario y las amanecidas.
de compartir viaje con otros trabajadores que,
como yo ahora, salen de su casa temprano y abrigados,
llenos de lana, con las tarjetas de red bus en la mano.
esperamos en la parada del barrio.
casi siempre somos cinco o seis mujeres.
no sé por qué, pero todas mujeres.

entonces llega el 64 previsto,
con el chofer de siempre, que anda por las calles de siempre.
me entretiene observar a mis compañeros de viaje,
porque todos tenemos sueño aún
y hubiéramos dado cualquier cosa por dormir una o dos horas más,
tomar unos mates tranquilos antes de salir.
pero allí estamos, un poco dormidos y otro poco ensimismados,
mirando distraídamente el paisaje de ciudad
que pasa por las ventanillas.
ya en el centro es hacer el trasbordo de rutina,
subir al primer colectivo que me deje bien.

allí, lejos de casa y de mi isla habitual,
cambiando zona este por zona norte,
habito una nueva esquina.
al frente, tres veces al día, pasa el tren de pasajeros.
es encantador sentir el ruidito, leve,
la pequeña vibración del espacio.
imaginar las ventanitas y la gente ahí, camino a las sierras.

me he llevado mi equipo de mate, para no depender de nadie.
la ansiedad de media mañana debe calmarse con eso.
entonces el tiempo rinde de manera inesperada:
edito, edito y edito.

todo lo anterior y todo lo que sigue tiene esa sola finalidad.
cortar material como quien agarra un machete en medio del monte,
descartando, eligiendo y armando,
intentando que el capítulo comience a tomar su forma.

a veces conozco personajes hermosos
y me río a carcajadas con ellos,
tomando mate frente al monitor como si estuviera visitándolos.
o me conmuevo con su sensibilidad,
que se cuela inesperada en una toma hecha para tv:
unos viajeros nostálgicos tienen los ojos tristes
y recuerdan los caminos de latinoamérica
que anduvieron en su pumita de juventud.
o dos apasionados se dedican a rearmar una moto
que hasta hace pocos días era un montón de chatarra.

cuando requiero descanso,
descubrí que me calma salir afuera,
donde sasha anda con sus patitas torpes,
como buena cachorra gigantona que es.
es dulce sasha, y me gusta tomar sol al lado de ella,
aunque me lametee toda y me deje olor a perra
o me tome el agua del vaso como si fuera suya.

está claro que no es nuestra gatita gris
(no sé quién le dará de comer ahora)
y no es nuestro patio lleno de bellas plantas.
pero me da otro aire que era necesario,
igual que los compañeros nuevos.

de alguna manera,
ahora soy parte de la clase obrera editora.
estoy en la línea de montaje de la fábrica.
producción-en-serie-de-tv.

no soy dueña de nada,
más que del proyecto de premiere
y la estructura del guion
pegada con chinches a un telgopor.

al terminar la jornada laboral, casi anochece.
tomo un colectivo, tomo otro.
llego a casa
y apenas tengo energía para prepararme la cena.

entonces me quedan breves horas para vivir,
antes de ir a la cama de nuevo
y poner bien el despertador,
no sea que mañana no lo escuche
y llegue tarde a mi nuevo trabajo.

Cambio de temporada

Hay algo de final en todo esto. Cosas que se han ido, cosas que llegan. Parece que el tiempo se hizo nube. Flota despacito, baja con la niebla de mayo, se viste de estación que termina. Espera, silencioso, los fuegos de junio.

(Corte final de Miramar. Corte final de Nosotras Ellas. El grillo que se proyecta en pantallas gigantes).

Mi vida aprendió a girar alrededor de esta tarea. Siento que todo lo que hago va recorriendo una misma órbita, que va y viene. Sé de los muchos años de esta construcción, de la insistencia en el trabajo.

Llega a mí una nueva película. Una serie. Otro llamado. El taller de una montajista que admiro. Siento el afecto de quienes siempre me han querido. Creo que un nuevo ciclo toca a esta puerta.

Aquí y en otro lugar, la vida sigue moviéndose como una cámara en mano.


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Mirar, amar

ya casi estamos terminando la película.

hemos trabajado durante varios sábados de varios meses.
un día, llegan imágenes nuevas. tomo ese material y lo sumo al proyecto.
miro, elijo, separo. dejo en suspenso pedacitos sobre los que dudo.

hago un primer corte de eso.
es algo que filmó uno de los personajes con su camarita de video.

ya en casa, repaso las imágenes dentro de mí.
esa distancia las hace más claras, porque solo veo las esenciales.
entonces creo que falta él, su presencia.
recuerdo pocos planos que podrían incluirlo:
una mano que abre la cortina, un pie que aparece por error.

pero entonces me doy cuenta de que además está su mirada.
la cámara que se mueve, que no hace foco, que la busca a ella.

pienso en cómo resguardar la intención con que filmamos eso:
el amor por lo cotidiano, lo que no trasciende,
por el gesto simple de una mujer
colgando una cortina en la casa que alguna vez sería de los dos.

el amor presente en esa insistencia del mirar.
en el andar detrás de ella buscando retener su figura,
o hacer foco sobre su rostro, sus manos.

esa tarde que filmamos, nos reíamos de algunos logros
por considerarlos típicos de los registros noventosos.
por ejemplo, el modo entrecortado de filmar y cortar, filmar y cortar
como estilaban los aficionados de aquella época
que daban rec, stop y de nuevo rec
montando las imágenes dentro del mismo casetito.

pienso en todas esas cosas
y en los breves dos minutos que durará esta secuencia.

al otro día, vuelvo a la intimidad de mi sala de montaje.
modifico pequeños detalles del corte, vuelvo a mirar.
creo que ya puedo mostrárselo a fer.
él llega. preferimos ver la película completa.
nuestra mirada está fresca
gracias al tiempo transcurrido desde la última vez.

al terminar el visionado, decidimos ir primero a las otras cosas.
ajustamos tiempos, afinamos detalles.
la película parece una bella casa a punto de ser habitada.
podríamos pintar las paredes de color.
pero aún no, no está lista.

tomamos algunas decisiones inesperadas,
que realmente no ponemos en duda:
recuperamos un plano necesario,
sacamos el diálogo completo de una escena.
claramente todo se dirige hacia un relato más conciso, más potente.

llega, ahora sí, el momento de reeditar el video casero.
en realidad son imágenes en las que aparezco.
es la primera vez que debo montarme a mí misma.
fer señala: falta más rostro de ella.
alargamos más un plano, cambiamos los cortes para que siempre
la cámara tiemble antes y después de ellos.

casi me creo que eso lo filmó nuestro personaje.
pero sigue faltando más rostro.
entonces estiro un plano, que viene desde el balcón.
vemos su espalda (otra vez, mi espalda). ella entra, no se deja mirar.
la primera vez que usé ese plano le reemplacé su audio original,
porque hablábamos de otra cosa allí.

hay una cierta ansiedad rondando en el aire.
la película está cerca de terminarse, y estas imágenes son nuevas.
pareciera que solo queremos verlas a ellas ahora.
en esa efusividad, decido dejar un silencio temporario
debajo del plano recién estirado.
lo importante ahora es ver si ya tenemos el rostro que nos hace falta.

entonces miramos otra vez todo el video casero.
al llegar a la parte nueva del plano, sobreviene un vacío.
algo parece detenerse.

esa imagen sí que remite a un recuerdo.
es la nostalgia en estado puro.
ella se asoma al balcón – silencio profundo – da media vuelta –
regresa ambiente de ciudad – entra en la casa.
no tenemos dudas esta vez tampoco.
lo que buscábamos era eso. justo eso.

una vez escuché a agnès hablando sobre el «placer del azar repentino»
en el montaje. el lugar que merecía que le diéramos.
lejanamente, recuerdo también una secuencia súper 8
que naomi kawase incluyó amorosamente en el medio de suzaku.

todavía esas imágenes circularán dentro de mí por varios días más.

 

Celebración de cine

CELEBRACIÓN DE CINE

El otoño húmedo, la nostalgia propia de este tiempo y la ciudad de Buenos Aires rodean a un nuevo Bafici. Somos muchos los cordobeses que viajamos. A veces nos movemos como una tribu, otras, somos seres solitarios que en varios momentos del día celebramos el ritual de sentarnos a mirar una película. Seremos espectadores y críticos de pasillo, y elegiremos películas de la grilla como quien encuentra su gusto de helado preferido. Andamos por ahí, con la programación en la mano, dibujando circulitos alrededor de lo que queremos ver, con acreditaciones colgadas como collares. Nos prestamos catálogos, nombramos en voz alta alguna película que «hay que ver» o vociferamos indignados contra alguna que nos hizo sentir burlados. Averiguamos recorridos de colectivos y subtes que nos lleven a otras salas, y entonces cruzamos la ciudad a contrarreloj, llegamos corriendo y transpirados. Sin esas corridas, sin la adrenalina de poder quedarnos afuera, no sería lo mismo.

Durante algunos días, la vida transcurre dentro de salas de cine. Ocupamos butacas comodísimas, según preferencias personales: al medio para escuchar mejor, atrás si la pantalla es muy grande, adelante si es pequeña. Tenemos compañeros de asiento ocasionales, siempre distintos, con suerte silenciosos. Cada sala va cobrando su identidad, se va haciendo familiar como la pieza de una casa amiga. A veces somos afortunados y, cuando se enciende el proyector, nos damos cuenta de que la película será en 35 mm.

He descubierto que algunas películas me hacen sentir violentada. Es bueno también enfrentarse a lo que nos incomoda, definirnos por oposición: este es el cine que no quiero hacer, el que quisiera que no se haga más. O definirnos por sensatez: esta película tiene su valor, pero no me gusta el género al que pertenece. Por lo tanto, la película no me gusta tampoco, pero puedo reconocer que tiene valor. A veces, solo a veces, sucede que podemos definirnos por placer: este es el cine que admiro, que anhelo, que quiero que exista siempre. Las películas que volveré a mirar, como quien vuelve a un poema querido.

Pienso en todos los que creemos que el cine nos salvó la vida. Ya he escuchado a muchos reconocer eso. Amigos, grandes directores, simples cinéfilos. En esta pequeña burbuja del tiempo-festival, volvemos a pensarnos como personas y como realizadores. Regresan las preocupaciones fundamentales: el amor, el paso del tiempo, el lenguaje, el cine. Aquello que se termina. Nuestro propio quehacer.

Me hace feliz que existan los festivales, porque brindan el espacio necesario para un deseo: encontrarnos con cientos de películas que llegan para a ser vistas en un mismo lugar. Así como el Festival de Cosquín en la montaña, o el Festival del Mar en primavera. Me hacen feliz. Habitar este mundo casi como si todo pudiera ser entendido desde un film.

Celebración de cine

Diarios de montaje o las casas que habité este tiempo

NOSOTRAS ELLAS_02

Hace justo un año, durante un enero caluroso y en esta misma casa, comencé a mirar las imágenes. Eran muchas horas y mujeres que se me mezclaban entre sí. Lo único cierto entonces era que existían veinticinco horas de material filmado y un tratamiento escrito en cinco secuencias. Había también una intuición: lo auténtico y lo bello del material. Y un deseo compartido: encontrar allí una película.

Al comienzo hice cuadritos con datos, usaba un cuaderno con flores donde tomaba nota de las reuniones con Juli y describía rasgos de los personajes como si fueran de ficción y tuviera que crearlos yo misma. Intentaba ordenar esas tantas ideas sueltas que andaban rondando por el aire. Releí muchas veces el tratamiento, en eso de las presentaciones a fondos de desarrollo que preparábamos con Julia y Ezequiel. Aun sin haber visto las imágenes, aquellas palabras me conectaban sensiblemente con esa casa y esas mujeres.

Una vez que tuve el material frente a mí, fui reconociendo lentamente a cada una. Sus cuerpos, sus nombres, sus colores de pelo. Aquella entidad colectiva que era la familia de la Juli se fue transformando en Male, Ana, Gabi, Sami, Vale, Jose, Judith y Orieta. También las había ido conociendo en la vida, en el ser amiga de Julia y Malena, ir a sus cumples donde estaban casi todas. A veces me quedaba mirándolas y pensaba que era un poco como estar adentro de esa película, que todavía no existía.

Las había visto ya mil veces. Podía reconocer el timbre de sus voces, la risa extravagante de la Gabi, el carácter de la Sami y la dulzura de Ana. Las personalidades de cada una iban decantando de nuevo en mí y tomando forma, más allá de la idea inicial de construir un «clan femenino» como personaje colectivo. Aprendí también a diferenciar los gatos de la casa. Al Saltimbanqui (cuando lo escuché nombrar por primera vez, pensé que hablaban de una langosta) y a Luli, mucho más contemplativa.

Una vez listo el primer corte, tuve un desconcierto. Sí había, siempre hubo, algunas claridades: la mirada de Julia hacia esas mujeres y esos cuerpos. Lo única que era. Así como lo especial del vínculo entre ellas. También aquella casa, bella, donde transcurría la historia, a la que más tarde sabría que le decían «la casa de las tías».

El corte de guion, construido íntegramente mientras mis compañeros filmaban Una noche sin luna, tenía 90 minutos. Cuando lo vimos con Juli, sobrevino un desconcierto en ella también. Entendió, inmediatamente, que lo que había escrito no estaba en las imágenes filmadas. Y que era necesario tomar decisiones.

Entonces me fui dos meses de rodaje. En ese tiempo, Julia se quedó con el disco del proyecto. Cuando regresé solo quedaban 50 minutos de aquel primer corte. Era claro, allí, qué cosas no eran importantes para ella. Eso nos ayudó mucho a buscar un nuevo rumbo para la película, a focalizarnos. Empezó entonces el tiempo del trabajo juntas. Nos sentábamos al lado, probábamos cosas. Tomamos miles de mates. A veces yo me quedaba unos días trabajando sola en ideas que habíamos acordado.

Un día, Juli llegó con un montón de escenas escritas. Era como un guion nacido de diálogos reales, de brutos que habíamos decidido no incluir. Esas palabras se convirtieron en escenas adicionales que filmamos apenas llegó la primavera.

El proceso de montaje se transformó en eso que yo creo debería ser siempre: incluir, sacar, dudar, rasgar en el material, repensar, volver a mirar. Dedicar tiempo y amor a esa tarea. Recuperar planos que quedaron sueltos en timelines de nombres dudosos. Hacerse preguntas.

Me parece muy llamativo cómo se fueron transformando nuestras ideas iniciales, esos caminos que pensábamos recorrer. Ya no eran los viajes a Los Ángeles, la vida en el exterior ni la intensidad de los encuentros del verano. Eran más bien dos momentos en las generaciones familiares, la puesta en marcha de dos relojes: uno hacia la muerte y el otro hacia la vida.

Con el tiempo, pudimos dar forma también al famoso puente, ese del que tanto nos hablaba Gustavo Fontán en los talleres de La Quimera: el recorrido entre los puntos A y B, el inicio y el fin de la película. Lo esencial, digamos. Lo que daba consistencia a todo lo demás.

Una noche, volvíamos del cumpleaños 90 de mi abuela paterna. Yo me había reencontrado con primos, primas, tías y tíos después de muchos años de ausencia. Cuando me llevaron a casa, mi hermano y su compañera me preguntaron en qué andaba por esos días. Entonces les conté, como pensando en voz alta por primera vez, cómo había visto nacer la película. Me di cuenta de que había sido conmovedor presenciar ese nacimiento y poder decirlo en palabras. De un material abundante, aparentemente desconectado, disperso y caótico, construir un relato, unos personajes, un transcurrir de la historia. Que avanza, que llega a un lugar.

Todo ese tiempo me acercó mucho a Julia, como mujer, como persona, como amiga. Yo entendí que mi mirada tenía una cierta misión puesta allí, algo referido a lo externo y femenino a la vez, a poder refrescar de alguna manera tanta afectividad y cercanía de ella con esas mujeres, que en definitiva eran su mamá, su hermana, sus tías y sus primas. Eso se veía en los planos detalles, en el lugar íntimo que la cámara tenía ganado de antemano y donde nadie más que Juli podía acceder. Claramente yo habitaba otro lugar. Desde allí miraba, y desde esas dos miradas intentamos construir una sola.

Volviéndola a ver, en cada visionado que hacemos, no dejo de sorprenderme de cómo hubo secuencias que se mantuvieron casi intactas desde el primer corte hasta hoy. Es como si hubieran resistido esa dinámica de timelines duplicados con números sucesivos, de meses que fueron pasando, de cosas que nos detuvimos a repensar. Así como otras secuencias son el resultado de un trabajo casi arqueológico (e inesperado) de recuperación de planos inicialmente descartados, a los que una vuelve con actitud de «espigadora de imágenes». Y que en vaya a saber qué revisión de material (buscando una transición, un gato, una flor) reaparecieron y encontraron su lugar justo dentro de la película.

Algunas veces me pregunto si ser una mujer montajista me diferencia en algo de un montajista varón. Suelo renegar de los preconceptos de género, aunque ame ser mujer y sepa que hay algo de lo sensible y detallado en nuestra tarea que se relaciona con eso. Quizá sea cierto que existe un tono de la mirada diferente.

Yo no sé definir a una mujer y a una montajista. Solo sé que eso es lo que quiero ser. Y hoy, después de un año, donde la película está cada vez más cerca de respirar por sí misma, me gusta pensar que aquel nosotras del título, me incluye en algún sentido.

Sobre Nosotras Ellas, de Julia Pesce.

Dedicado a Julia Pesce por el afecto, a mi senséi Ezequiel Salinas, a Gustavo Fontán por su generosidad, a Juanjo Gorasurreta por su mirada y sensibilidad, y a todos los calefones y quimeros por ser compañeros de camino.